Opinión

Carta a Laureano

Querido Laureano…

Yo vengo de una familia española, como tú, creo. Tu familia ¿qué simpatías tenía? ¿republicana? ¿nacionalista? Porque los españoles de aquella época o eran nacionalistas o eran republicanos, el espacio para estar en el medio, había desaparecido.

Mi familia, ideológicamente hablando, era una pulpería, ahí encontrabas de todo. Mi abuela, republicana, comunista desencantada, mi abuelo, falangista a muerte y eso daba pie para unas conversaciones… digamos que muy animadas.

-Porque Franco salvó a España ¡a toda Europa! de las garras del comunismo, si se hubiera implantado el comunismo en España…

-¿Franco? ¿Franco? ¡Franco era un asqueroso! ¡un botado de las calles! ¡un asesino miserable!

Y por ahí se iba el muy ameno y cordial intercambio de ideas.

Ya un poco crecidita decidí que yo tenía que conocer la verdad de aquello ¿quien tenía la razón? ¿mi abuelo? ¿mi abuela? ¿fue Franco el salvador de España? ¿fue un “botado de las calles”? ¿era la República una democracia intachable? O por el contrario ¿era un gobierno delincuente como lo proclamaba mi abuelo?

Han pasado los años, más de veinte, y he llegado a la conclusión que ambos estaban en lo cierto, y ambos estaban equivocados.

He leído tu artículo “Muera la inteligencia” y me supo… amargo.

El episodio que relatas ocurrió, tal y como dices, el 12 de Octubre de 1936, a poco menos de tres meses del alzamiento militar que terminó (pero no comenzó) siendo liderado por Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España porque Dios es de un gracioso que descojona.

Hasta ese momento el intelectual Miguel de Unamuno, ya de 72 años, era… ¡nacionalista! Unamuno veía a los insurrectos como unos salvadores que devolverían a España al rumbo perdido. Y ese evento fue lo que hoy y aquí llamaríamos “un salto de talanquera”.

La II República fue un democracia legal, pero no legítima, porque llegando como llegó inicialmente al poder por los votos, su comportamiento posterior, como las muchas expropiaciones, las “colectivizaciones” del aparato productivo, los actos vandálicos, los homicidios, el atroz episodio conocido como “la quema de los conventos”, unas elecciones sobre las que hubo muy serias dudas de transparencia y otros asuntillos convirtieron aquella democracia en algo ilegítimo, legal, eso sí, pero ilegítimo. Aunque ya al final ni legítima, ni legal, ni un cuerno.

Pero en fin, a lo que vamos.

Entre Unamuno y Millán Astray existían una enemistad personal, vamos, para dejarlo claro, que tenían una culebra, y entonces, igual que ahora, aún los que estaban en un mismo bando se lanzaban los puñales con liguita, tú sabes, como nuestros criollos Pinky y Cerebro.

El acalorado discurso contra los nacionalismos vasco y catalán, lo da José María Pemán, para más señas, un intelectual, el mismo que terminó poniéndole letra al único himno del mundo que no la tiene, la Marcha Real.

Al terminar Pemán el discurso salta Millán Astray a darle vivas con los lemas de los insurrectos, ya sabes, que si arriba España, que España España UNA (sí, se escribe así con todas las letras en mayúsculas), que si España libre y bla bla bla.

Unamuno ya está bien cabreado, porque él es vasco, aunque no separatista, y no se nombra la soga en la casa del ahorcado, el hombre se da por aludido y le da hasta con el tobo a Pemán, que es donde se produce, ni más ni menos, el ya citado salto de talanquera.

Aquello por supuesto enfurece al público asistente, interviene Millán Astray y dice que Cataluña y Vascongadas son un cáncer que el fascismo extirpará con fino bisturí, alguien del público lanza otro lema de los insurrectos: “Viva la muerte”. Unamuno no podía callar ante semejante ofensa y rellena también a Millán Astray, diciéndole muy elegantemente, que es un tarado necrófilo, un salvaje y encima le echa en cara que es mocho y tuerto (perdió un brazo y un ojo en la guerra de Marruecos), razón por la cual era un resentido de mierda. Claro, que todo esto dicho muy bonito y con mucha elegancia, pero al final eso fue lo que le dijo.

Y es aquí, pon cuidado, es aquí, después de un ya indiscutible salto de talanquera de Unamuno y realmente encabronado con el intelectual, cuando Millán pronuncia unas palabras polémicas, estas palabras fueron: “¡Muera la intelectualidad traidora! ¡Viva la muerte!”.

Unamuno sigue en sus trece y responde: “Éste es el templo de la inteligencia ¡y yo soy su sumo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

Y con esas palabras concreta en redondito su salto de talanquera, lo que, como podrás comprender, causa un gran disgusto al público, que eso sí que no se lo esperaba, e insultaron a placer a Unamuno, gritándole, entre otras cosas, que era un traidor. Incluso algunos se echaron la mano al cinto para sacar la pistola.

Es cuando Pemán, viendo que la cosa se ponía color de hormiga culona, refuerza y al mismo tiempo matiza lo dicho por Millán: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”.

Al final Don Unamuno tuvo que salir escoltado por la mismísima Doña Carmen Polo, la churri de Franco, porque es que si no al pobre viejo lo linchan ahí mismo.

Y eso, querido Laureano, es la historia.

No creas, Laureano, que esto es una defensa a Millán Astray ni al nacionalismo falangista, ni creas que es un ataque al indiscutible gran hombre que fue Unamuno, al contrario, tengo por fuerza que defenderlo.

Te dije que Unamuno en ese momento saltó la talanquera, y habrás pensado tú que se devolvió al republicanismo… ¡pues no! El saltó la talanquera hacia el centro, hacia donde debe gravitar todo intelectual, hacia la verdad y la justicia.

Por desgracia para la humanidad y por fortuna para él, Unamuno moriría muy poco tiempo después, ese mismo año, sin tener que ver como quienes se alzaron legítimamente en contra de una tiranía terminaron por convertirse en tiranos, aunque ya para ese momento él lo intuía y de allí su salto de talanquera.

Unamuno fue víctima de un sistema donde se había criminalizado, de lado y lado, el espacio para la disensión, un sistema de pensamientos únicos, un sistema… muy parecido al que hoy pareciera formase aquí, donde o eres chavista o eres opositor, si eres chavista, acatas TODO lo que diga el líder “maisimo” y si eres oposición, acatas sin chistar lo que diga la MUD, porque si no, eres un enemigo.

¡Perdón! Perdón por mis palabras, perdón por mi corrección, pero me sabe mal ver deformada la historia, porque desde aquí ya me saben mal las historias deformadas que se leerán en 50 o 70 años sobre la Venezuela de hoy, y me gustaría que alguien, aunque sea un don nadie como yo, alce su voz en nombre de la verdad, en nombre de la historia.

Porque, Laureano, decía un profesor al ser interrogado sobre la utilidad práctica de la historia, que: “la historia es un pasado que conviene tener presente, so pena de repetirla en el futuro” y esto es parte de esa gran verdad que citas: “un pueblo ignorante es presa fácil de la tiranía”.