Opinión

Memento mori

El deterioro de Lenin era visible, dormía poco y sufría de frecuentes dolores de cabeza, pero cuando su memoria comenzó a fallar y su pensamiento se hizo errático, ya era inevitable reconocer que el fin del líder estaba cerca.

En realidad la enfermedad de líder siempre ha estado rodeada de secretismo, lo que ha llevado a la mayor cantidad de especulaciones, aunque recientemente unos investigadores israelíes han determinado que la causa real de la muerte de Lenin fue sífilis, y que fue ocultado por razones obvias. Pero el asunto es que Lenin duró varios años enfermo y recluido, sometido a los “cariñosos” cuidados de Stalin.

Entre las cosas que se dicen, está que Lenin pidió varias veces que se le suministrara veneno, para suicidarse.  Lenin sufría.  Fuera un ACV (versión oficial de su muerte) o sífilis, Lenin podía notar su deterioro físico y mental, lo que no pudo nunca antes nadie lo logró su propio cuerpo, quitarle el poder y recluirlo. Lenin agonizaba.

Pero no podía morir, a pesar de su sufrimiento su vida fue alargada por todos los medios disponibles, Lenin era la revolución, Lenin era insustituible, Lenin tenía que vivir el mayor tiempo posible, y por eso a pesar de todo el sufrimiento, de todo el dolor, de todas la ganas de escapar de aquello, tuvo una agonía lenta y dolorosa.  A quien sometió a todo un imperio, quien fue dueño de la vida y la muerte de millones de personas, se le negó lo último que pidió, una muerte piadosa.  No hubo piedad para quien no la tuvo jamás y curiosamente semejante crueldad vino de sus aliados, de sus camaradas, y no de sus opositores, que sin duda, en una de esas extrañas paradojas de la vida, le hubieran dado la muerte rápida que tanto ansiaba.

Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España porque Dios es gracioso, tuvo un final similar, y aunque bastante más corto que el de Lenin, igual de cruel.  Era un viejo, un anciano, contaba ya con 81 años, pero eso no lo salvaría de la rapiña de los suyos, el poder hay que exprimirlo hasta la última gota, a costa de lo que sea, sufrimiento ajeno incluido.  Después de todo, esa es la lección primera que los tiranos enseñan a los suyos.

En menos de un mes el Caudillo fue sometido a 4 operaciones, lo que para cualquiera es mucho, pero para una anciano, es aún más.  Una hemorragia gástrica tras otra, el sistema digestivo del caudillo estaba prácticamente mantenido a punta de suturas, y dicen que los asuntos gástricos son extremadamente dolorosos.

Pero bueno, lo mismo, Franco no podía morir, eran muchos los intereses que se mantenían con su solo aliento, así que sin importar el sufrimiento que se le pudiera causar, había que mantenerlo con vida.

Tengo también experiencia personal con enfermos, mi abuelo murió hace ya algunos años, murió de cáncer, un cáncer que se lo llevó en poco más de un mes.  También era un anciano, nos dijeron que no merecía la pena operarlo, ni hacerle tratamiento, era hacerlo sufrir sin necesidad. La familia entera, su esposa, sus hijos, sus nietos, sus sobrinas, todos le rodeamos, estuvimos con él, con medicamentos para calmarle el dolor, pero sobre todo con muchísimo amor, hasta que sencillamente murió.  Aunque aquí cabe el “se fue” sin que parezca eufemismo, eso hizo, se fue, sin alboroto, con elegancia, como un caballero.  No podía ser distinta su muerte a lo que fue su vida.

Mi bisabuela, ya superado el centenario, también murió, de una forma muy curiosa.  Ella aún tejía colchas, lavaba los platos y hacía café para ella y sus nietos.  Aun se maquillaba, era lo primero que hacía al levantarse, se metía en el baño, se aseaba y se empolvaba la cara.  Un día dijo que estaba aburrida de vivir, que sus años, eran ya muchos años, así que se acostó, y acostada se quedó hasta un mes después, cuando su corazón sencillamente dejó de latir.  También murió rodeada del amor de los suyos, simplemente decidió irse, y se fue.

En fin, que hay muertes y muertes, pero claro, esto es porque hay personas y personas, hay para quienes la vida y la muerte, es cosa de afectos, y entonces impera el respeto, por doloroso que pueda ser.  Hay otros para los que la vida y la muerte es cosa de interés, son esos que usualmente van por la vida disponiendo de la vida o la muerte de los demás, y como quiera que eso es lo que enseñan a los suyos, cuando les llega la hora tienen que someterse no al amor y el respeto, sino a los intereses más mezquinos, sin importar cuanto sufran.  Después de todo, ese es su legado.

Los romanos, que parece que sabían una vaina de la vida y de la muerte, tenían por costumbre poner un siervo detrás de los generales victoriosos, siervo que estaba para repetirle una frase: “Respice post te! Memento mori” (mira tras de ti, recuerda que eres mortal, más o menos es esa la traducción).  Lo hacían con la finalidad de recordarles su propia mortalidad a fin de que se guardasen utilizar mal su poder y que tuvieran presente las limitaciones impuestas por las leyes y las costumbres.

Por cierto, hay un chiste de la muerte de Lenin, dice que dos camaradas coinciden en El Kremlin, y le dice uno al otro:
- ¡Camarada! ¡Lenin ha muerto! - ¡Joooooder! ¿y ahora quién tiene los cojones de decírselo?

La vida es una vaina… y la parca también.