Opinión

¡Misericordia, Señor!

Cuando Dios quiere mandar un mensaje no se anda con tonterías, y deja claro que el Cameron, el Spielberg y el Lucas, son un trío de soberanos pendejos que ni saben lo que hacen.  Se entiende que en eso de los efectos especiales el tipo es una paloma… o bueno, a lo mejor el encargado de los efectos especiales es precisamente la paloma, a saber.  Lo cierto es que cuando El Chivúo se lanza una de esas, contento no está, eso está claro.

Dicen que cuando murió Jesucristo, es decir, cuando le dimos matarile, eran las tres de la tarde, pese a lo cual el cielo se oscureció como si fuera de noche y la tierra se estremeció.  Eso dicen, no me consta porque no estuve, pero me lo creo.

En Venezuela también Dios se dio una de esas lucidas que dejan pendejo al mejor de los directores, justamente en 1875, el 18 de Mayo.  Transcurridos apenas 45 años de la muerte del Libertador, Simón Bolívar, Venezuela era un país netamente rural, que vivía para rezar, sembrar, comer y dormir, nada más, pero un día se estremeció la tierra, que bien visto el asunto pudieron ser dolores de parto, y se sacudió con tal fuerza que aparte de causar muchos muertos se abrió para vomitar un líquido negro, ese día, caería sobre Venezuela su más grande desgracia, el petróleo.

Podríamos decir que esa fue la menarquia de Venezuela, y como le pasa a las mujeres que son especialmente hermosas, ese fue el principio de su gran tragedia. Pasó de ser una niña tranquila e inocente a ser una mujer voluptuosa y apetecible, tanto que empezó el gran desfile de hombres codiciosos de ponerle las manos encima, no para amarla y respetarla, sino para explotarla por su propio provecho.

Dicen que los pueblos son portadores de una gran sabiduría y aunque yo creo que esa sabiduría se expresa solo de pascua a cuaresma, también creo que aquellos días fueron de esos pocos donde el pueblo expresa su sabiduría, porque en aquellos días de mayo, cuando la tierra se estremeció para expulsar con fuerza aquel líquido negro que hizo que “lloviera aceite” durante meses, se escuchó la voz de un pueblo sabio que desconcertado y atemorizado solo acertaba a decir: “¡Misericordia, Señor!".

Pero no ha habido misericordia, hoy igual que ayer, igual que hace 100 años, el aceite sigue manando de una forma que parece infinita, fluye para convertirse en dinero que no es más que la fuente de la corrupción más atroz y las perversiones más grandes.

Venezuela, la Venezuela que conocemos, que amamos y padecemos, no nació en un campo de batalla, ni en un congreso que tardó meses en firmar su acta de independencia, nació en Los Andes, en un lugar llamado “La Alquitrana”.  Quizá sea ese el motivo místico de que los andinos sean tan determinantes en nuestra historia.

¿Cuando seremos realmente un país? El día que entendamos que la riqueza de un país no está ni estará jamás en su subsuelo, ni en sus minas, la riqueza de un país está en su gente, en gente que produzca, que trabaje, que cree, que invente, que genere riqueza.  El día que comprendamos que el estado no está para darnos ni para velar por nosotros como si fuera un padre amoroso, sino para delegar en él algunas cosas con el fin de poder dedicarnos a nuestras tareas.

Ese día podremos decir que somos realmente un país, y podremos dejar de clamar misericordia al Altísimo, que es lo único que venimos haciendo desde aquel fatídico 18 de Mayo.  Mientras tanto seguiremos estando a merced del petróleo, que es hasta hoy en día, lo único que en estas tierras “tumba” o mantiene presidentes.  Por ahora… ¡misericordia, Señor, misericordia!