Opinión

De Massiel y Mirtha a la Tigresa y el Chikilicuatre

Un día de 1968 una España que empezaba a levantarse después de grandes sufrimientos se sienta frente a su más querida y nueva adquisición, la televisión. Los españoles cruzan los dedos viendo el concurso de Eurovisión, los cruzan más por costumbre que por esperanza, después de todo España nunca gana nada, España, la pobre España. Parece no existir para el resto del mundo.

Y sin embargo una jovencita española, con un vestido minifalda y una melena larga y negra, empieza a cantar “la la la la” ¡y gana! ¡España gana un concurso europeo! No podía sentirse más orgullosa, era quizá su primera alegría relevante desde el advenimiento de la república que tanta esperanza sembró y tanto dolor cosechó. Un concurso de canto, una tontería, ciertamente, pero Massiel fue un bálsamo milagroso para la maltrecha autoestima española.

Mientras tanto al otro lado del charco, en Venezuela, otra cantante triunfaba en otro concurso, Mirtha Pérez gana el concurso del Viña del Mar. Para los venezolanos no significó lo que fue Massiel para España, después de todo Mirtha era una más de las tantas artistas de calidad y éxito que Venezuela producía en serie y en serio. Además, Venezuela no necesitaba cura para su autoestima ¿por qué habría de necesitarlo?

Éramos un país rico, próspero, pujante y moderno, con un hermoso futuro por delante. La primera democracia del sur del continente, fuimos uno de los primeros 13 países del mundo con canal de televisión, la medicina venezolana era de punta, en deportes jamás cosechamos tantos éxitos, y nuestra televisión tenía al siempre bien recordado Reny Ottolina, que nos trajo de la mano a la crema y nata de la farándula internacional, Ray Charles, Tom Jones, Javier Solís, Armando Manzanero…

España era un país que empezaba a creer que un buen futuro era posible, Venezuela disfrutaba su presente, y apostaba por un futuro aún más brillante. España era la promesa, Venezuela la cúspide.

Por esos años o un poco después nacimos muchos de nosotros, en la Venezuela brillante. Recuerdo mis mañanas de colegio, esperando el transporte en unas calles muy frías y limpias, y las insoportables cadenas, ya por los 80, de Luis Herrera Campins, una cosa intolerable ¡media hora a la semana! ¡Válgame Dios!

Así crecimos, en uno y otro continente, convencidos de que no había otra alternativa al futuro que el triunfo y la prosperidad, parecíamos condenados a ser cada día mejores, cada día más sabios, más inteligentes, más cultos, más prósperos ¡más gente!

Hoy Venezuela se alboroza con la vista de una artista de talla internacional ¡La Tigresa de Oriente! una señora bastante mayor, mal remedo de bomba sexy de los 70, con uñas postizas a modo de garras y ropa con estampado de piel de tigre mucho más ajustada de lo que recomiendan sus años, no canta, no baila, es totalmente ridícula ¡pero es un éxito! Y es un éxito porque no nos despierta admiración, al contrario, nos permite burlarnos, nos permite reírnos porque después de todo, hay gente mucho más patética que nosotros. Nos reímos de la miseria de otro ser humano, quizá porque es más miserable que nosotros y eso nos da consuelo.

España, la España de la promesa cumplida, vuelve a participar en Eurovisión, y en estos tiempos envía “artistas” de la talla de “El Chikilacuatre”, una Tigresa de Oriente pero a la española… la Ex-paña de hoy, claro.

¿Que mierda nos pasó? ¿como carajos pasamos de ser promesa de futuro brillante a triste remedos de humanidad? ¿como es que hoy en vez de disfrutar de nuestras glorias lo hacemos de las miserias ajenas? ¿Como coño pasamos de buscar la excelencia para ser los mejores a buscar la mediocridad de otros para parecer un poco menos malos?

La televisión no forma a la sociedad, no lo ha hecho nunca, la televisión es el reflejo de nuestra sociedad, de lo generalmente aceptado, de lo cotidiano. Vean sino los programas de época.

En los 50 teníamos programas de “perfectas amas de casa” mujeres estrellas que vivían para sus maridos e hijos, con una devoción tal que ellas mismas desaparecían para ser simples accesorios utilitarios. Daba lo mismo lo que fuera mientras supiera lavar, planchar, cocinar y mantener a los hijos de punta en blanco.

Pasamos a los 60, donde los programas ya tenía otra temática, familias hermosas y bien formadas cuyas peripecias se basaban en vecinos incómodos o hijos traviesos. Los 70 dieron paso al inicio de la desestructuración familiar como norma, el divorcio era un tópico común.

Los 80 fueron la exaltación de la nada, una década perdida, tomada totalmente por la superficialidad, nada importaba, todo era chiste. En los 90 vieron la luz los “yupies”, unos seres entregados totalmente al éxito profesional, entendido este como triunfo económico, pletóricos de lujo y buena vida, pero con la profundidad emocional e intelectual de una cucharita de postre.

Eso daría paso a una generación que vivía para tener lo que no podía, la generación del crédito, aparatos, casas, carros, todo se compraba sin haber producido el dinero para hacerlo. Y cuando digo todos, es todos, lo mismo los ciudadanos de a pie que los gobiernos, confiando en poder pagar todo con el producto de una cosecha que jamás sembramos y que por supuesto, jamás llegó.

Y como no podía ser distinto, aquí estamos. Una sociedad cada día más estúpida, cada día más necia, más tonta, más digna de extinguirse. Corriendo de pánico en pánico, sin analizar, sin pensar, dispuestos a ser becerreados por unos poderes ilegítimos a los que a pesar de someternos a la más terrible esclavitud, le pagamos ¡así de imbéciles somos! ¡pagamos para que nos jodan!

Nos dijeron hace un poco más de un año que íbamos a morir como pajaritos, o mejor dicho, como cochinitos, que la gripe porcina iba a acabar con la humanidad. Crisis total, se acabaron las mascarillas en las farmacias, el Tamiflú pasó a cotizarse a precio de oro, el alcohol en gel pasó a ser producto de primerísima necesidad. Al final no nos morimos, y las mascarillas, los geles y el Tamiflú pasó a llevar polvo, pero el dinero ya quedó gastado.

Hace pocos días nos sumieron en el pánico de un holocausto nuclear, la cosa era como para hacer una película: “Japan: ¡Apocalipsis Now!", el mundo, o al menos Japón, desaparecería bajo la amenaza de una tragedia nuclear, esto después de haber sido barrida por un temblor y su consecuente Tsunami. Jamás el mundo había sido tan insolidario con un pueblo en desgracia, a tomar po’l culo los damnificados y arruinados japoneses ¡no jodan! que estamos pendientes de los reactores.

Pero como al final no pudimos “disfrutar” (como disfrutamos de la Tigresa y el Chikilacuatre) del honguito apocalíptico, volvemos a otra tragedia, la del pueblo Libio, que se está matando en busca de un futuro, no sé si mejor o peor. Que por cierto, esos ya se estaban matando cuando pasó lo de Japón, pero desviamos la atención y los dejamos solos porque no me negaran que tiene más rating la posibilidad de ver a un país entero desaparecer de un solo carajazo… (¡kaboom! ¡adiós x millones de japonecitos!) que ver morir a los libios, que apenas presentan un “escuálido” saldo de 50 muertos por día… ¡y eso en los días buenos!

Poco importó que se angustiara a las personas que tenían familiares o amigos en Japón, lo importante era regar, con la mayor eficiencia y ruido, la sangre de utilería ¡hay radiación en los alimentos japoneses! ¡uuuuuf! ¡suuuuustoooo! No importa que existan países que tienen niveles de radiación mucho más altos en sus alimentos sin que medie tragedia alguna, eso no lo decimos porque desluce el decorado del morbo.

Los políticos aprovechan para hacer populismo en contra de la centrales nucleares ¿que eso sería el gasto más grande jamás hecho a nivel mundial? ¿que la economía o lo que queda de ella se irá al garete? ¡que importa! Lo importante es el decorado del pánico, el poder regodearnos en las miserias de otros que puntualmente estén peor que nosotros.

Como sociedad no podemos aspirar a mejores artistas que la Tigresa de Oriente y el Chikilacuatre, tampoco a mejores políticos, después de todo hacemos una sociedad que completa muy a gusto el decorado.