Opinión

Carlos Andrés Pérez

La historia es una vaina, porque no importan las mentiras, ella siempre está allí para quien la quiera ver. Y cuando es contemporánea y reciente, aún peor, porque hay testigos vivenciales.

Las elecciones de 1988 fueron para mi inolvidables, con muy poca experiencia en el mundo político, ni siquiera podía votar, y siendo que mi padre decidió “endosarme” su voto, le pedí que lo hiciera por Eduardo Fernández. Más por solidaridad con mi familia, toda copeyana, que porque me gustara. A esa edad uno es así de cabeza e’ ñame.

Primorosamente vestida de verde, a las 10 de la noche ya no sabía donde meterme ni como salir a la calle, había ganado Carlos Andrés Pérez y lo que lucia eran las azucenas blancas, no los periquitos verdes.

En fin, no tenía yo mucha consciencia política, como se puede ver, pero la tengo ahora, y lo cierto es que aquella época yo la viví.

Recuerdo la hoy llamada “coronación”, que a mi en lo particular no me pareció tal, fue en el Teatro Teresa Carreño, y si hubo algo distinto fue que lo pasaron por televisión, uno tercios ahí comiendo y bebiendo, como se hace en todos los actos oficiales, solo que mayormente lo hacen a escondidas.

Se implementó un paquete de leyes de “ajuste”, nada distinto de lo que hacen hoy los distintos gobiernos del mundo para sortear la crisis, reducción del gasto público, congelación de la contratación pública, pago de la deuda, liberalización y unificación del mercado cambiario, liberalización de precios (incluidos los servicio básicos) , eliminación de aranceles, privatización progresiva de las industrias estatales…

En dos platos, se propuso a hacer lo que único que se podía hacer, lo único que aún hoy, tenemos que hacer, lo único que nos puede sacar de la crisis.

Sin embargo, a menos de un mes del anuncio de estas medidas, y del nombramiento de todo el gabinete gubernamental, comenzó la “crisis”, haciendo su debut con el Caracazo, en mi opinión intencionalmente provocado, y terminando… bueno, lo siento, no puedo decir cuando termina, estamos en plena función.

Conté al principio que no había votado por CAP, es para dejar claro que no es que el hombre me caía especialmente simpático, ni que algún interés me mueve a escribir lo que escribo, lo veo bajo la luz de un personaje histórico que fue, y con una historia que yo misma viví, que no me contaron.

Carlos Andrés cometió un “error” imperdonable, quiso sacar la política de la economía, y alejar aquella costumbre tan leninista de “el bienestar del partido” por encima de cualquier otra cosa, incluido el bienestar de la nación.

En razón de eso, su gabinete lo eligió entre los que consideró más capaces, michos de ellos ni siquiera vinculados a la política nacional, lo eligió por su preparación, por su talento, y no por su color político, y eso nunca fue perdonado por los, estos sí, “Amos del Valle”.

Si en su primer gobierno gastó dinero inútilmente, también lo hizo en forma útil, envió muchísima gente a capacitarse fuera, sembró talento, y en su segundo mandato quiso cosecharlo y de hecho lo hizo con su famosos “Chicago Boy’s”.

Que no escogiera en primerísimo lugar a sus compañeritos de partido para medrar de la teta pública, que no colocara a aquellos que no sabrían de economía, pero sabían de “política”, sería su sentencia de muerte.

Es que el socialismo es como la mafia, ya sabes, luego que te metes no te puedes salir porque te cepillan, y que CAP, gran adalid y promotor en su primer gobierno del socialismo más tenaz y destructor, hubiera decidido en su segundo mandato por el retrocule, no era aceptable.

Le faltó tiempo a los que “sí saben de política”, estos mismos que hoy recogen firmitas y convocan marchas, los mismos que a lo largo de estos años se han llamado Bloque democrático, Coordinadora Democrática, y más recientemente “Mesa de la Unidad”, para atacar con todas sus fuerzas a esa encarnación del mal llamada Carlos Andrés Pérez, ¡el traidor!

No se pararon en artículos, ni pensaron un segundo antes de pervertir las instituciones para ponerlas al servicio de una venganza partidista, así, por primera vez en nuestra renqueante democracia, vimos a todos los poderes públicos, y gran parte de los privados, sumados a una sola causa, y tristemente, no era la del país.

Ya pervertidas las nunca sólidas instituciones democráticas, lo demás fue coser y cantar, la destrucción de CAP estaba garantizada y al mismo tiempo, se había allanado el camino para lo que hoy tenemos.

Por supuesto que CAP II también cometió errores, el primero y más grande, creer en la democracia, pensar que el sistema democrático venezolano era fuerte e inmune a la perversión, creer que sentido común y sensatez era todo cuanto se necesitaba para emprender las reformas requeridas.

Si digo esto es porque tengo por cierto de muy buena fuente, que a CAP le sugirieron despacharse al fulano aquel, junto con sus compañeros, vamos, solucionar el problema a la antigua, y el lo rechazó, so argumento de “¿Y como queda entonces la democracia?”. Que si la yo de hoy hubiera estado se lo decía clarito “jodida macho, igual que si no lo haces”.

En fin, una palabras de tributo para un hombre hoy muerto, triplemente muerto, la mataron primero políticamente, después lo mataron en la historia, y hoy muere físicamente. Y aviso, que yo con los muertos son muy tal, que uno que es hijo de puta en vida es un hijo de puta muerto, no entiendo eso de los hijos de puta que se mueren y pasan a ser bonísimos.

Pero en todo caso ese es el Carlos Andrés Pérez que tengo en mi mente. Un hombre que la cagó monumentalmente en su primer gobierno, y que trató de enmendarlo en el segundo sin poder, porque el monstruo que él mismo había creado era demasiado poderoso. Lo mismo y tiene razón el franchute aquel que dijo que la revolución se come a sus propios hijos. Hay pecados que no tienen redención, y este fue uno de esos.

De lo que hoy no me cabe duda alguna, es que Pérez fue un hombre que amaba profundamente a su país, y que tenía convicciones fuertes, pero no inamovibles, que era capaz de ver sus errores y tratar de enmendarlos y que realmente creía en lo que hacía. Solo por eso mi reconocimiento hacia su persona, hacia su lugar en la historia, y mis más sinceros deseos por el reposo de su alma.

Solo me resta decir que, aunque no se debe llorar sobre la leche derramada, ojalá hubiera sido menos socialista en su primer gobierno, y menos democrático en el segundo. Lamento mucho su muerte física, pero para ser sinceros, lamenté mucho más la política y la histórica, porque con esas dos muertes, murió una parte muy importante de su país, mi país, el país de mis hijas.