Opinión

¿Y ahora para dónde nos vamos? / Carolina Suárez

“¿Y ahora para dónde nos vamos?” dijo mi pobre padre, de 65 años, después de haber subido su ropa y pertenencias personales a su camioneta. Una camioneta que, lejos de ser lujosa, le da más quehaceres que el servicio que le presta. Es una Bronco, año 1996. ¿Qué si puede comprarse una nueva? No. Hemos pasado los últimos 6 años pagando una hipoteca al banco, adquirida para pagar por mi vida, y luego de 72 meses, de “apretarse el cinturón” para saldar la deuda recibe este duro golpe: Le quitan el negocio familiar que data de mediados de 1800.

Mi papá dejó una carrera como médico neurólogo en los EEUU por rescatar la finca que fue de su abuela, finca que pagó los estudios de él y sus descendientes.

En la década de los 80 regresó a Venezuela, la Hacienda “El Potente” estaba hipotecada y sus hermanos dispuestos a dejarla perder. Él tomó las riendas, y luego de 10 años la puso a su máxima producción. Pagó hipotecas y siguió creciendo.

Llegado el nuevo milenio, a sus 58 años progresivamente fue soltándole las riendas de la finca “El Potente” a su hijo mayor, Wilson Jenner, y comenzó a dedicarse cada vez más a su profesión, la medicina.

Empezó a pasar consulta en la casa de la finca, a donde las personas se acercaban a pie, en moto, en carros, todo para que los atendiera el médico de EEUU, luego adquirió un pequeño consultorio en el pueblo de Santa Bárbara, empezó 3 veces a la semana, con un horario de inicio pero no de salida.

Comienza a las 8:00 am y puede terminar a las 3:30 am. Algo así como 20horas de trabajo ininterrumpido ¿Como lo hace? le he preguntado. “Ah, bueno hija. Eso es como al muchacho que le gusta el billar, entra a las 9 am, es medianoche y él siente el paso del día”.

¿Que si es una actividad rentable? No. Claro, si multiplicas la cantidad de pacientes que ve (cerca de 24) por 50 Bs. que cuesta una consulta médica que puede durar hasta 2hrs, hay una suma cuantiosa. Pero, cualquier otro médico se gana eso en 5 horas de trabajo, mientras él pasa hasta 20 horas tratando de aliviar a sus pacientes.

Grato fue para mí recabar testimonios de sus pacientes. Ignorando ellos que yo era su hija, los interrogué como periodista para un trabajo académico, y estas fueron las opiniones: “Primero Dios y después el Dr. Wilson”, me dijo una señora que viaja desde Santa Polonia, Estado Trujillo, a 5 horas de Santa Bárbara, para que mi papá la vea. Otro me dijo: “Esto es calidad de supermercado pero a precio de Mercal”, “A mi familia toda la ha visto el Dr Wilson”, “A mi suegro después de que lo dieron por desahuciado, Wilson lo mantuvo vivo 7 años más”. Y así fue su vida, iniciado el nuevo milenio, 20 horas de consulta médica, miércoles y domingo. Y los jueves, medio día, gratis.

Hasta que a su descendiente, su único hijo varón, lo mataran abrupta y cruelmente en Mérida, el día 5 de noviembre de 2003 ¡Duro golpe! Pero, más lo fue, cuando al mes y 5 días, el 10 de diciembre de 2003, a la menor de sus hijas la secuestrara la FARC.

4 meses estuve en cautiverio, 4 meses en los que mi papá se hizo de corazón duro y negoció mi rescate. Acto admirable, porque para quienes no saben de secuestros, por lo general son empleados (contadores, abogados) quienes se encargan de la negociación, ya que la manipulación psicológica de los extorsionadores no cualquiera la resiste y menos un familiar.

Gracias a Dios, y a la astucia de mi papá, quien contra viento y marea e incluso a veces en contra de la opinión de la familia, porque tomó decisiones que no fueron del agrado de ellos, pero gracias a las cuales hoy estoy con vida. Los detalles del secuestro no vienen al caso, pero gracias a mi papá, la orden de matarme se echó para atrás. Mi vida se la debo a papá y a la finca. ¿Por qué a El Potente? Porque hipotecándola, el banco nos prestó una cuantiosa suma, dinero destinado única y exclusivamente a mi rescate.

6 años tuvieron que pasar para poder saldar la deuda, porque la rentabilidad del campo ya no es la misma. Nuestra vida económica durante esos años fue: “Una semana de pago de leche para mi universidad y mis gastos en la ciudad de Caracas, la otra, pago de obrero, otra, pago de deuda y la última, pago de obrero”…

Una tragedia nos invade en este trance de urgencia económica: un niño, como mi hermano, es víctima del hampa. Otro Suárez, tuvimos que llorar y enterrar.

Y este año cuando por fin el sol comenzaba a brillar para nuestra familia, cuando papá sintió que se aliviaría económicamente, cuando creía que podría respirar, porque además estoy culminando mi universidad, viene este duro golpe.

Pierde la razón por la que se vino de EEUU, la finca que desde mediados de 1800 ha sido de los Suárez, pierde el negocio que le ha dado estudios a su hija, pierde su único sustento económico el único soporte de un hombre de 65 años que ya deseaba jubilarse.

Me duele lo que pierdo, pierdo 16 años de recuerdo, pierdo mi sustento económico, pierdo mi sueño de llevar a mis hijos a visitar a su abuelo en la finca. Y sin embargo, yo solo tengo 23 años, yo tengo toda una vida por delante, yo tengo una vida lejos de “El Potente”, hasta incursiono en negocios nuevos…

Pero, mi papá… a mi papá con sus 65 años le toca comenzar de nuevo, como el joven que sale de su casa paterna y dice: “¿Y ahora, para dónde nos vamos?” Pero mi papá ya no es un joven, es un hombre de 65 años.

_Carolina Suárez es hija de uno de los afectados por el robo llevado a cabo por el gobierno nacional en la zona del Sur del Lago de Maracaibo, Estado Zulia, Venezuela.
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@MaCaroSuarez