Opinión

¡Hugo vive en el corazón venezolano!

Mi padre ha tenido unos días duros, se ha tenido que ir a la zona de Barlovento, donde tiene un apartamento, a “invadir” su propio apartamento, antes que se lo invada otro.

Cuando lo compró, yo tenía unos 14 años, era adolescente, y mis padres tenían una casa de campo donde me aburría terriblemente, así que mi padre optó por comprar una lancha para llevarme a la playa, la lancha terminó por generar la necesidad de una marina, y la marina, pues un sitio donde dormir.

Así vi a mis padres, saca cuenta aquí, casa cuenta allá, ¿merece la pena? Oye, es que cuando vamos se gasta un dineral en hotel, con un apartamento ahorramos eso y podemos pasar más tiempo allá. ¡Uf! Pero es un dineral… y de nuevo, saca cuenta aquí, saca cuenta allá…

Al final lo compraron, se entiende, y yo no puedo decir más que lo disfruté mucho de adolescente, y aún de vez en cuando lo disfruto.

Con el tiempo dejamos de ir con tanta frecuencia, yo crecí, me casé, luego vinieron las niñas, las obligaciones, y bueno, pues mis padres decidieron alquilarlo por temporadas, lo que les permite sacar un dinerito que si bien no son su principal fuente de ingresos, mal, no les cae.

Para mis padres perder ese apartamento no significaría la indigencia, pero sí que sería un duro golpe a su patrimonio.  Habrá otros que tiene no un apartamento, sino dos, o tres, y otros más habrá para quienes un apartamento es todo su patrimonio.

Cuando hablamos de robar, porque me niego a llamar expropiación a lo que es un simple robo, ¿a quien sería justo robarle? ¿al que tiene más? ¿al que tiene menos? ¿al que tiene regular?

La verdad es que no es justo para ninguno, robar es robar, es malo, y no importa que tan importante o útil es la cosa robada para su legítimo dueño.

El apartamento de mis padres nació de una “necesidad” familiar, de un sentimiento de ellos por complacer a su hija, a la compra de ese apartamento, todos arrimamos el hombro, en cada ventana, en cada puerta, en cada cuadro , cada decoración, hay un poco de toda la familia, allá aquel cuadro marino que pintó mi tío, allá aquella puerta que pintó mi padre, en el baño esa cerámica que eligió mi madre, en ese otro lado una pared que pinté yo…

Cada rincón tiene algo que no se compró con dinero, sino que se compró poniendo en ello un pedacito de alma, si ese apartamento se lo robaran, quien quiera que lo ocupe, en el cuadro de un barco velero cruzando el mar, solo verán colores azules y un marco desgastado y viejo, yo veo risas de conversaciones familiares… “¡Coño! No es por nada pero el cuadro me quedó del carajo”, “tío, tío, pero dime la verdad, el cuadro es de esos de numeritos ¿verdad?”, “¡ningún numeritos! ¡Eso lo pinté yo a pulso!” y atrás las risas, claro que yo sabía que lo había pintado él, pero me gustaba incordiarlo diciendo que era de numeritos.

¿Puede quien se robe eso valorar ese cuadro? ¿para quien más que para mi familia eso “vale” algo? Por que no es una cosa, no es un objeto, son las horas que pasó mi tío pintando para su hermano, los pensamientos y sentimientos que allí quedaron en cada pincelada, cada risa que con los años fue absorbiendo el cuadro en años del chiste de los numeritos.

Y como ese cuadro, cada rincón de ese apartamento ¿cuanto vale? ¿que precio le ponemos a eso? ¿cuanto vale el alma?

Por eso alguna vez le hice una carta a Hugo diciéndole que pierde el tiempo, que no importa cuanto “expropie”, nada tendrá jamás si no logra expropiar lo que realmente es importante, el motor de cada creación ¡el alma!

Por eso no puede más que darme tristeza y sembrarme una gran desesperanza cuando veo gente de la oposición que, al igual que Hugo, piensan que robar está bien, siempre y cuando lo robado no sea importante.

Ese mismo escrito, y algún otro, ha rodado por la red, muchas veces omitiendo el autor, lo cual para mi no es realmente importante, pero yendo un paso más allá, algunas personas creyeron aceptable atribuirse la autoría.  Y esas personas en nada se diferencian de esas otras que pretenden meterse en el apartamento de mi padre, porque mi padre “es rico”, o porque “yo lo necesito más”.

La propiedad privada, sea de bienes tangibles, como el apartamento de mi padre, o de bienes intangibles, como mis escritos, debe ser sagrada, y debe serlo porque es mucho más que una cosa material, porque vale mucho más que dinero, porque significa la retribución del esfuerzo, de una meta conseguida, de un sacrificio pagado, de un trabajo hecho.  No importa si es mucho o poco, si queda bien o mal, es de esa persona que lo hizo y trabajó para hacerlo.

Yo aun recuerdo mi primer sueldo, siete mil quinientos bolívares, de los viejos, y la primera quincena, 3 mil setecientos cincuenta.  Mi padre me dijo que no lo gastara, que no cobrara el cheque y lo guardara de recuerdo, cosa a la que por supuesto no hice caso, lo cobré de inmediato y con eso me compré un par de zapatos en el CCCT.  Les puedo jurar que desde entonces he tenido zapatos más caros, más cómodos y más bonitos, pero ningunos tan queridos como me fueron aquellos, porque eran mios, los primeros realmente míos, comprados por mi, pagados con MI dinero, con MI trabajo, con MI esfuerzo.

Cuando yo escribo, hay gente que parece ver una habilidad “especial” y esa habilidad es un gran regalo que me han dado la vida, cada frase, cada punto, cada coma, es el legado de un señora muy humilde que planchaba en mi casa y que tuvo a bien perder horas de su tiempo enseñando a leer a una niña disléxica que se desesperaba porque las letras no eran más que dibujos incomprensibles, es mi madre enseñándome libros ilustrados que estaba repletos de historias divertidas si yo aprendía a descifrar aquellos extraños dibujos, es mi padre regalándome mi primer libro “Las aventuras de Tom Sawyer”, es aquella maestra tan querida con un libro mínimo que se llamaba “Reglas de oro de la Ortografía”.

Y de pronto llega alguien, porque le apetece, porque le provoca, se roba todo eso, sin saber realmente que roba, porque no saben que hay en un cuadro viejo de una marina, ni saben que hay detrás de cada escrito.  Son ladrones de la nada, pero también son grandes peligros para la sociedad.

El derecho a la propiedad es el pilar fundamental de nuestra sociedad, nada de cuanto conocemos sería posible sin el derecho a la propiedad, porque todo cuanto se crea, tiene un mundo de historias, de sentimientos y de almas detrás de sí, se puedes robar el producto, pero jamás, jamás podrán la esencia de todo eso.

Cada vez que veo un venezolano de oposición, disculpar un robo con el argumento de que lo robado “no es la gran vaina”, no puedo más que sentir dolor y tristeza por mi pobre patria, y pensar que no importa si Hugo sale con votos o con violencia, incluso si muere de viejo o no, el trecho por recorrer es largo, muy largo, porque Hugo, vive en el corazón de muchos venezolanos.