Opinión

¡Feliz Navidad!

Un chavista bolsa, como suelen ser todos los chavistas, ante la nostalgia que nos produce a la mayoría de los venezolanos la ausencia del espíritu navideño, porque sí, ya hemos demostrado que somos mayoría, argumenta que “¿Y como eran las navidades antes? Antes eran otros los que la pasaban mal, y de aquellos polvos, estos lodos”.

Pues bien, después de decir lo básico, que es un soberano güevón, paso, porque yo soy muy educada, a contestarle como eran las navidades “antes”, como eran MIS navidades.

Primero que nada tengo que decirle que soy hija de un extranjero y una venezolana, un extranjero que llegó a Venezuela como llegaron todos los extranjeros, sin nada, y una venezolana que viene de una familia pobre, como eran antes los pobres en Venezuela, pobre, pero no marginal. A mi padre lo trajeron mis abuelos con apenas 13 años, y le echaron cerro de bolas para levantar a sus hijos, y mi madre, por su parte, fue criada por una mujer que sin tener educación formal ni dinero, también le echó un cerro de bolas para sacar adelante 4 hijos.

Mis padres se casaron, y se pagaron ellos su boda, porque eran tiempos en que la masa no estaba pa’ bollos para mis abuelos, y por tener, no tenían nada. Mis padres no tenían casa, no tenía ahorros fabulosos, tenían un carro que no era tampoco propio, pues era de la compañía en la que trabajaba mi papá, no tenían… ¡no tenían pues!

A poco más de un mes de casada, mi madre quedó embarazada, y en menos de un año, nací yo. Crecí viendo a mi madre anotando al céntimo los gastos de la casa en un cuaderno, en pulcras líneas se iba detallando, tanto en comida, tanto en electricidad, tanto en teléfono…

Pasaba días y más días sin ver a mi padre, por que estaba trabajando y eso le hacía pasar mucho tiempo fuera de la casa, mientras mi madre pasaba los días manteniendo la casa punta en blanco, cocinando, y siempre a la caza de ofertas, aunque eso significara cargar grandes pesos en grandes distancias.

Pero nada de eso les impedía compartir conmigo, sentarse a estudiar, horas y horas, revisar tareas, y simplemente, que mi madre peinara mis muñecas, y mi padre se tirara en el piso a jugar conmigo a la cocinita.

De vez en cuando, si las finanzas lo permitían, mi padre me llevaba a comer hamburguesas “¡papi, llévame al picacambur!", “¿picacambur? Hija, no recuerdo ese sitio ¿que era, una frutería?", “no papi, donde venden las hamburguesas”, “¡ah! ¡Tropiburger!” y las risas que bautizaron por siempre el Tropiburguer como “Picacambur”.

Así pasaba el año, entre estudios, trabajo, ahorro, constancia y deberes… pero por ahí en octubre empezaba un milagro, una música tamborera que empezaba a resonar en todos lados, y poco a poco por la ciudad iban apareciendo pelotas de colores en la calle, luces pequeñitas que parecían estrellas descolgadas del cielo, y escarcha, mucha escarcha, brillante, alegre y con un toque de algo místico.

El calor de las vacaciones había ido desapareciendo poco a poco, y un día se encontraba uno con que ¡llegó el pacheco! Y era entonces cuando me ponía un sueter para ir a cualquier parte, incluidas las visitas a la familia, primos y abuelos y tíos, que en esa época uno les veía con más frecuencia. Al salir los niños queríamos hablar, reírnos y contar chistes, pero nos callaban con un “tápense la boca para que no les entre el sereno”, quizá nunca supimos que era el sereno, pero nos quedó clarito, que enfermaba.

Poco a poco, se iban comprando cositas, los turrones, las almendras, las nueces que una vez comidas terminarían de barquitos que cruzaban el mar del lavamanos, mazapanes, alcaparras, pasas…

Y llegaba el día de las hallacas ¡imperdible! ¡todos a una misma casa! ¿quién lava las hojas? ¡yo no, a mí me tocó el año pasado! ¡yo, mami, yo! Y la mano de mi mamá me guiaba, “no hija, así, con cuidadito, que no se rompa pero que quede bien limpia”.

El olor del guiso para mi era la confirmación total, llegó navidad, poco a poco se iba haciendo una torre de paqueticos que parecía regalos, con sus lacitos de pabilo blanco, y de la primera “tanda”, las hayacas que eran comidas ahí mismo “¿como quedaron?", “¡gordita, están divinas!", “¡ay!, no sé, estaban mejor las de año pasado, a estas les faltan sal” siempre les faltaba o sobraba algo, siempre eran mejores “las del año pasado”. Entonces se preparaba un platico con unas hayaquitas que eran para la vecina de más confianza, y “ya vengo, voy a llevarle las hayacas a Fulana”, y de vuelta el plato, que no venía vacío, sino con las hayacas de Fulana.

Y entre vasitos de Ponche Crema de Eleodoro González P., música de gaitas, villancicos y folias, los niños hacíamos nuestras presentaciones musicales, con voces desafinadas y chillonas que eran la gloria de público, que siempre pedía otra, lo malo es que por lo general solo nos sabíamos una, que repetíamos una y otra y otra vez. Yo cantaba el burriquito con esa vena musical esclerótica y apasionada que heredé de mi familia paterna. Mi padre pasaba y abrazaba a mi madre, ella se encogía con las manos llenas de masa y le devolvía el beso.

Vamos al Centro Comercial Ciudad Tamanaco, muchos años antes de que se convirtiera en el mucho más glamoroso CCCT, y que nosotros, gente muy incivilizada, llamábamos simplemente “El Tamanaco”, y como quiera que eran tiempos donde aún nos podíamos sentir orgullosos de la gloriosa represa de El Guri, la más grande del mundo, que eso siempre iba pegado, llevándome a pensar que ese era su nombre “Represa del Guri la más grande del mundo”, nos recibía en la distancia un San Nicolás con sus renos, todo muy dorado.

Ya dentro del centro comercial, entre fuentes y luces, había un arbolito gigante, en el cual unos gnomos mecanizados, armaban interminables cuerdas de cotufas, construían juguetes y guindaban bambalinas. Claro, que no era el sitio de las compras.

Otro sitio que se visitaba con la devoción de los 7 templos, era una tienda en el centro de Caracas, General Import, que era la tienda, como todos sabíamos, preferida por el niño Jesús para hacer sus compras de navidad, así que por no hacerlo caminar mucho al pobre, de esas vitrinas sacábamos nuestros pedidos para él. Aunque claro, a veces nos recordaban que no podíamos ser demasiado exigentes en el regalo, que el niño Jesús tenía que llevarle juguetes a muchos otros niños en el mundo, así que mejor algo de un poco menos precio.

Luego la carta, que empezaba con el impepinable “Querido niño Jesús…” y los ojos de mi mamá, vigilantes y la mano correctiva, ¡con la letra bonita y sin errores, que el niño Jesús se pone bravo!

Entonces me preguntas tú, chavista del carajo, ¿que como eran las navidades antes? ¡felices! ¡muy felices! Llenas de amor, amor por todo, amor de mis padres, de mi familia, de mis amigos, eran la exaltación del amor a la vida misma, la recompensa de todo un año de privaciones, penurias y sacrificios, después de un año completo, descubríamos que éramos un poco más grandes, un poco más maduros, un poco menos pobres, y mucho más felices.

Eran tiempos de reconciliación, donde vecinos, amigos, familiares y hasta clientes y proveedores, se perdonaban los malos ratos y recordaban los buenos, a veces con la voz de Nancy Ramos… ¡traigo ramillete, traigo un ramillete de un lindo rosal, un año que viene y otro que se va…”

Ahora, que TUS padres hayan sido unos irresponsables, que decidieran que mejor que ahorrar y sacrificarse era gastar en diversión todo el año para llegar pelando bolas a diciembre, que te enseñaran que era mejor estirar la mano y pedir que usarla para producir, que no te hubieran parado la más mínima pelota y te dejaran crecer como flor silvestre ¡no es mi culpa! Ni mi problema.

Que tú quieras seguir perpetuando en tus hijos la cultura del resentimiento y de la envidia, tampoco es mi culpa.

Lo que sí te puedo decir es que mientras me sigas echando la culpa a mi, o a cualquiera, de tu propia situación, mientras lo que te joda es lo que yo tengo y como me lo robas, y no te preocupes por ver como haces tú lo que hago yo, lo que hicieron mis padres, vas a seguir rejodido, y tus navidades, seguirán siendo una mierda, sin importar cuanto dinero tengas o te regalen los que lo roban.

¡Ah! Y Feliz Navidad. Mis mejores y más sinceros deseos porque el niño Jesús te traiga una mollera nueva, aunque no creo que eso lo vendan en General Import.