Opinión

El cuento del burro

Este era un pueblo campesino, la gente vivía de lo que sembraba y criaba, aunque también había unos pocos que vivían de sus oficios, también había un sastre, una costurera, un médico, una maestra y un banquero, que no sembraban ni criaban nada, pero vivían de su trabajo.

Existía también un alcalde, que se dedicaba a mantener la paz, intervenía cuando había problemas de linderos, y castigaba a todo aquel que se robara una oveja o un cerdo, les obligaba a devolverlo y le dejaba detenido un tiempo como castigo. También el alcalde se ocupaba de traer gentes de otros pueblos para que repararan los caminos, he hicieran otros nuevos.

Un día el alcalde murió, y en el pueblo se reunieron para ver quien sustituiría al alcalde. Como nadie quería, uno de ellos que tenía a su hijo desempleado en la ciudad, dijo que llamaría a su hijo para que hiciera de alcalde, y a todos les pareció muy bien.

El hijo del alcalde, que había estudiado economía, y llegó el muchacho a ocupar su puesto, y encontró que aquello era muy atrasado, que el pueblo tenía potencial para ser rico y moderno.

Para modernizar aquello, empezó el nuevo alcalde por abrir una cuenta en el banco y pedir una chequera para la alcaldía. Así los gastos estarían mucho más controlados y sería mejor para todos.

Decidió entonces que en el pueblo había un mendigo, que había tenido mala vida puesto que no había trabajado nunca, y que ese mendigo tenía derechos como todos los demás del pueblo, y que debía ser atendido por el médico, debía ser vestido por la costurera, calzado por el zapatero, y también, habría de construírsele una casa.

Estuvo muy feliz el mendigo, que hasta esa fecha se había vestido con la ropa vieja que le deban los pobladores, igual se había calzado y se había alimentado.

El alcalde decidió que para pagar todo aquello del mendigo, cada poblador debía pagar una pequeña cuota, adicional a la que la pagaban para sufragar su sueldo y los gastos comunes, y entonces decidieron dejar de ocuparse del mendigo, porque de eso ya se ocupaba el alcalde.

Don Ermenegildo, que era uno de los campesinos pobladores, que se gastaba mensualmente 100 dineros en semillas y fertilizantes, tuvo entonces que gastar solo 80, pues el resto se le iba a la manutención del mendigo y las nuevas ideas del alcalde. Como es lógico Don Ermenegildo produjo una cosecha más pobre y como él, muchos otros pobladores.

Algunos pobladores, al ver que después de pagarle al alcalde no les quedaba dinero alguno, decidieron hacerse mendigos también, así podrían contar con todo lo que contaba el mendigo sin necesidad de trabajar.

El dinero no alcanzaba, así que compró el banco, ahora no sólo era alcalde, sino banquero, y suprimió totalmente el dinero, sustituyéndolo por cheques que el mismo emitía. Así le pagaba al sastre, a la costura, la maestra y a todos. Y los cheques no estaban limitados a la cantidad de dinero que tenía en su cuenta la alcaldía, porque él en realidad podría emitir tantos cheques como quisiera y fueran necesarios.

Vio entonces el alcalde como el pueblo se empobrecía bajo su gestión, y hubo quien le sugirió que le quitara el auxilio a los mendigos y les obligara a trabajar para comer, pero aquel alcalde tan estudiado y moderno, pensó que aquello no era una solución, que eso era atraso propio de conservadores crueles y capitalistas que sólo pensaban en el dinero.

Tras noches de no dormir, el alcalde tuvo una idea genial, y contrató a unos señores de fuera que llegaron al pueblo a comprar burros, y pagaban 200 dineros por cada burros.

Todo el pueblo vendió sus burros, y se quedaron sin burros, con lo que se dieron cuenta que no podía hacer sus labores sin los burros. Les duró poco la pena, porque al día siguiente llegaron de nuevo los señores, esta vez vendiendo burros, a 250 cada burro. Los campesinos compraron los burros, porque los necesitaban y no tenían más remedio. Y luego, al siguiente día, volvieron los señores comprando burros, esta vez a 300 dineros por burro.

Los campesinos, que eran analfabetas pero no estúpidos, se dieron cuenta que aquellos señores tenían un negocio con los burros, y que los burros cada día constaban más dinero, así que muchos vendieron sus tierras y cuanto tenían para comprar burros y esperar la llegada de los señores.

Don Ermenegildo, viendo que cada día tenía menos dinero para sembrar, se había dedicado a prestar dinero a quien quisiera comprar un burro, pero sólo a esa gente que él sabía que tenía tierras o semillas suficientes como para pagarle después. Así que le mandó a llamar el alcalde, y le dijo que tenía que prestarle dinero a todo aquel que quisiera comprar un burro, especialmente si era mendigo, porque esa era la única forma de salir de su mendicidad. Don Ermenegildo le dijo que aquello no era posible, pues si le prestaba a quienes no podía pagar, el que terminaría de mendigo sería él, a lo que él alcalde le respondió que él tenía la chequera de la alcaldía, que con eso le pagaría, y que si no le hacía caso, le prohibiría prestar dinero, e incluso, le expulsaría del pueblo.

Así que Don Ermenegildo prestó dinero a todo aquel que quisiera un burro, y cuando quería comprarse un traje o verse con el médico, ya que no tenía dinero porque lo había dado todo al los compradores de burros, les pagaba con los giros de los burrihabientes, que eran giros muy sólidos, lo mismo que dinero, porque estaban garantizados por la mismísima alcaldía.

Para entonces ya los burros costaban 1000 dineros, en el pueblo ya no se producía nada, pero podían comprar lo que necesitaban fuera, con el dinero ganado en el negocio de los burros, todos eran muy felices, porque tenían mucho dinero y muchas cosas, incluso, cosas que no necesitaban.

Pero el más feliz era el alcalde, que había demostrado como había convertido un pueblo miserable y rural, en un pueblo feliz y moderno. Y como todos tenía mucho dinero del negocio de los burros, el alcalde les pidió dinero para hacer un cine, para que todos se divirtieran, y una plaza, una estatua en honor al burro, y para pagar sus viajes, porque el alcalde viajaba ya no por el país, sino por el mundo entero exponiendo sus logros. Incluso mucho otros pueblos copiaron la idea genial de aquel moderno e inteligente alcalde. Se podía vivir feliz y próspero sin producir absolutamente nada ¡sólo vendiendo burros!

Pero un día los señores de los burros no vinieron, y Don Pancracio, que tenía que comprar el traje de novia para el matrimonio de su hija con un próspero burrista, no tenía dinero para pagarle a la costurera, y le dijo que le pagaba con un burro, a lo que ella le dijo que no, pues tenía tantos burros como podía permitirse, le ofrecía el burro al médico, que le dijo lo mismo, y al zapatero, a los vecinos ¡nadie quería comprar un burro! La desdicha de Don Pancracio corrió como la pólvora, por primera vez en mucho tiempo ¡no se había vendido un burro!

Aquellos que tenían muchos burros se asustaron, y comenzaron a vender sus burros, pero como todos quería vender los burros, y muy pocos estaban dispuestos a comprarlos, los burros comenzaron a bajar de precio, la gente desesperada no sabía que hacer con los burros, un burro llegó a costar apenas 50 dineros.

Los que le debían dinero a Don Ermenegildo, le habían pedido hasta 500 dineros para comprar un burro que ahora costaba 50, y sacando cuentas decidieron no pagarle el burro, sino que se quedara con el burro el viejo usurero.

Corrió Don Ermenegildo a donde el alcalde, y le dijo que no le pagaban, a lo que el alcalde no le vio problema alguno, se paró en la nueva plaza, frente al nuevo cine, y le dijo al pueblo que todos habrían de sacrificarse un poco y pagar una cuota para pagarle a Don Ermenegildo, los pobladores le dijeron que no tenían dinero ¡todo estaba invertido en burros! A lo que el alcalde dijo ¡pues vendamos las cosechas! Y los pobladores le informaron que no habían cosechas, mucho tiempo atrás se dejó de sembrar para invertir el dinero en burros.

Le pagó entonces el alcalde a Don Ermenegildo con cheques, pero el viejo usurero poco tardó en entender que aquellos cheques no tenían valor alguno, puesto que en ningún otro pueblo los aceptaban, el país entero ya sabía que en aquel pueblo no había nada ¡más que burros!

Los burros del pueblo empezaron a morir, porque no había para darles de comer, los pobladores también pasaron hambre por un muy buen tiempo, hasta que salieron las primeras cosechas, pero claro, no eran tan abundantes como lo eran antes, ya que tenían menos semillas, y menos recursos, además, estaban debilitados por el hambre y habían perdido la costumbre de la siembra. El pueblo entero era pobre, mucho más pobre de lo que eran al comienzo, además, de lo poco que se cosechaba había que destinar una buena parte al mantenimiento de los mendigos, que ahora eran más, y del cine y de la plaza y de…

El alcalde les habló y les dijo que la culpa de tal miseria era de Don Ermenegildo y su codicia, no de ellos, que no habían sido codiciosos, sino que sólo buscaron, como es natural, mejorar su calidad de vida por medio del mercado de los burros.

Y vivieron felices, comiendo perdices, que era lo único que había.

Y si a estas alturas no entiendes la crisis, mi consejo es que te busques un burro, de ojos azules pa' que te… porque sino entiendes es que eres alcalde ¡o burro!