Opinión

1/33

Me despierto a la 5 de la mañana, prendo la linterna, no hay luz.  Entro al baño, me cepillo los dientes y me aseo un poco con el agua que he dejado en un tobo la noche anterior.  Antes de salir tomo un café, amargo, porque hace semanas que no consigo azúcar.

Salgo a la calle, voy a tomar una camioneta para ir al metro, pero poco antes de la parada se desata un tiroteo entre bandas, me refugio en una panadería. Pasa el tiroteo y sigo mi ruta, al fin logro montarme en una camioneta.  Voy meditando sobre lo que haré el resto del día cuando interrumpe mis pensamientos una letanía ya conocida: “buenas taldes señores pasajeros, perdonen que los incomode pero esta mañana me soltaron del retén de Catia, aquí tengo la boleta de excarcelación, yo solo quiero que ustedes me colaboren con el pasaje porque soy de Tucupita y quiero irme pa’ mi casa.  Yo no los quiero asustar, pero es mejor pedir que robar”.

Pienso que el Retén de Catia hace años que no existe, y que le eché el ojo a la “boleta de excarcelación” y en realidad es una orden de desalojo, pero también pienso que tiene razón, es mejor que yo le de, a que me robe y de ñapa, me mate.  Creo que la mayoría de los pasajeros piensan igual que yo, porque casi todos le dan, menos uno, que se lleva un empujón.  Eso le pasa por alzado.

Al fin llegamos a la estación del metro, la camioneta me deja en el canal rápido, así que me bajo y cruzo toreando carros y motorizados, uno casi me atropella, pero callo, mejor no decir nada, puede ir armado.  No sería yo el primero que matan por reclamar.

Voy con retraso, me preocupo, no me gusta llegar tarde al trabajo, conseguir chamba hoy en día no es fácil, no quiero que me descuenten el día, mi mujer me dijo que esta semana hay Mercal, y hasta para comprar en Mercal se necesita dinero.  Además, ya falté la semana pasada porque estuve enfermo, me dio dengue, fui a la clínica, pero no me trataron porque el patrón no ha pagado el seguro y eso que me lo descuenta de mi sueldo, no debería descontármelo y dejar que lo pague yo.  Una vez lo dije, pero me contestaron que soy un irresponsable y que si me dejan el dinero a mi me lo gasto en aguardiente, me molesté, pero callé, no puedo perder el trabajo.

Voy caminando despacio hacia la estación, no puedo ir más rápido, la marea de gente no me lo permite.  Mientras camino elevo la mirada al cielo ¡ahí está! Cuatro cámaras, una en cada semáforo me miran, costaron mucho dinero, son para cuidarme de la delincuencia, igual que el militar que analiza con profundidad una gaceta hípica sentado en silla plástica bajo un toldo que lo resguarda de las inclemencias del tiempo, su fusil, sobre la mesa también plástica, lo resguarda de males mayores.

7:40 a.m. creo que tengo tiempo, entro a las 8, tendré que dejar pasar un par de trenes, pero 10 minutos son suficientes para llegar a mi sitio de trabajo, voy justo, pero bien.  Una mujer va a mi lado con un niño, el niño llora, se frota los ojos, se ve que tiene sueño el pobrecito.  Un viejo está a mi lado, pero se ve cansado a pesar de lo temprano de la hora.  Un joven mira nervioso el reloj, va con una muchacha tan joven como él, también se ve nerviosa “vamos a perder el examen” le escucho decir a ella, el la abraza y le dice que se quede tranquila, ella se ríe.

Efectivamente, pasa un tren y no nos podemos montar, van demasiado llenos. Llega otro tren, este sin luces, ni siquiera abre las puertas.  El niño empieza a llorar más alto, lo miro, la madre me mira, sonríe nerviosa y me dice “tiene hambre”, esto mientras lo mece y consuela.  Estoy nervioso ¡voy a llegar tarde!

Otro tren, tampoco abre las puertas, la gente empieza a protestar, cada quien tiene su problema.  Al fin llega un tren, abre las puertas y logramos montarnos.  El tren no arranca, la mujer del niño logra sentarse, se tapa con la manta de la criatura y empieza a darle de mamar.

Se escucha el altavoz: “señores pasajeros se les agradece desalojar el tren y esperar el próximo, puesto que la unidad presenta fallas operativas”. El joven que va con la novia desaparece su cara risueña “¿Queeeeeeeeeee? ¡Yo no me bajo de esta mierda!” la señora que amamanta al niño pone cara de angustia “¿si no dejo al niño a tiempo en la guardería yo como trabajo?", Un hombre maduro dice: “¿Y uno paga para que lo traten así? ¿acaso esta vaina es gratis?", las quejas se acumulan una tras otra, incluso la mía “yo estuve enfermo la semana pasada y no puedo faltar ni llegar tarde ¿como funciona un país así?".

Somos demasiadas personas, el calor es agobiante, la adrenalina se enciende.  Nos piden de nuevo que desalojemos el vagón y nos negamos, ¡Hemos pagado por un servicio y nos lo tienen que dar!

Llega la policía, y se me acumula todo el día en la cabeza, me resisto ¿pero por qué? ¿a mi porque me van a llevar preso? ¿por que no está preso el responsable de que llegue agua a los hogares venezolanos? ¿por qué no está presos los incompetentes de la electricidad? ¿donde está presos los que se tirotearon esta mañana y casi me matan? ¿donde está preso el que no paga mi seguro médico? ¿donde está preso el que se monta en la camioneta a amedrentar a ciudadanos trabajadores? ¿donde está preso el responsable de que el metro no funciones? ¿yo a quien maté? ¿a quien robé? ¿a quien estoy haciendo daño? ¿YO PORQUE VOY PRESO?

Y sí, fui preso, pero no fue por algo injusto, no fue por nada, yo cometí un delito, pero no lo supe hasta un tiempo después, cuando me lo dijo el juez.

Alguien me prestó un celular, un policía que se condolió de mi, me preocupaba mi mujer, que no sabía donde estaba yo, estaría muerta de preocupación. El policía me mira, se preocupa por mi, me dice que si quiero me pasa a otra celda más cómoda, le digo que no, pero que pase a un señor que estaba allí, es diabético y se ve mal.  El policía me mira un poco avergonzado, y no sé si para mi o para el mismo dice: “coño, que arrechera” no le digo nada, pero lo entiendo y se lo hago saber con una sonrisa resignada, el también necesita su empleo, como yo el mío, me alarga el teléfono “toma, llama a tu vieja”, le doy las gracias, repica apenas una vez, me contesta mi hijo, la voz es de angustia, apenas suelto el ¡Aló! Mi hijo casi grita:

-¡viejo! ¿como estás? -pienso que me pregunta como y no donde, es decir, el sabe donde estoy.

- Estoy bien mijo, estoy bien, pásame a tu mamá” -la vieja llora, pobrecita, hipea y todo.

-Pero ¿que pasó viejo? ¿que pasó?

-¡ay vieja! No seas dramática, estoy bien, solo que estoy preso, dile a los muchachos a ver si te pueden dar algo para el Mercal de mañana, algo tienes que comer, aunque sea la comida piche que nos dan estos desgraciados como limosna -ella aumenta el llanto, no puede procesar lo que le digo.

-pero preso… ¿por quéeeeeeee? ¡tu que hiciste! ¡viejo! ¡pero si tú no te metes con nadie!

Escuchar a mi mujer llorando, el anciano diabético sentado en el piso de la celda recostado de una pared, la mujer que iba a mi lado amamantando al niño, los jóvenes estudiantes, ella llora mientras él la abraza… siento que toda la ira de años me sube por la garganta en forma de bilis, no me puedo contener.  Reviento yo también en lágrimas, son lágrimas de ira, de impotencia, de rabia, y no puedo más que gritar:

-¡PORQUE YO SOY UN OLIGARCA TERRORISTA! ¡SOMOS PEOR QUE ETA! ¡PEOR QUE LAS FARC! ¡SOMOS LA BANDA DE LOS 33!