Opinión

¡Vuelvan, carajo!

Las vacaciones de mi infancia, al menos la mayoría de ellas, las pasé en casa de mi abuela, en un pueblo del interior del país. Yo tendría unos 12 años la última vez que visité aquella casa, pero a pesar de la distancia temporal puedo recordar los más mínimos detalles.

Era una casa de pueblo, y como toda casa de pueblo era un gran pasillo donde se alineaban de un lado los cuartos y del otro las distintas dependencias, el cuarto de mi abuela y la sala, el cuarto de los trastos y el comedor, un cuarto de invitados y la cocina, otro cuarto de trastos y el lavadero, el cuarto de “la muchacha” y el baño, al final de todo, el patio. En el patio había una piedra grande, ovalada y con superficie cóncava, que junto con una piedra más pequeña hacía de mortero para preparar distintos alimentos. También había un arbusto, no sé de qué, pero sus hojas servían de platillitos individuales para unas deliciosas conservas de coco.

El segundo cuarto servía para dos cosas, para oración, donde mi abuela guardaba sus santos y para guardar “tesoros”, así cohabitaban hermosas vírgenes y santos juntos con un José Gregorio Hernández que desentonaba por moderno, y baúles y cajas que guardaban distintas cosas, desde los trajes de mi madre de cuando era soltera, hasta cubertería lustrosa que nunca cumpliría su destino en la mesa. Y entrar a aquella habitación, a la que no se entraba más que por estricta invitación, era para mi un gran gozo, era viajar a un pasado en el que ni siquiera estuve presente, pero era mio, porque era el pasado de mi madre y el de mi abuela.

El comedor estaba presidido por un inmenso repujado metálico de La Última Cena, y casa de pueblo al fin, el comedor tenía dos invitados permanentes que desentonaban por completo, al menos a mis ojos, el lavamanos y la nevera.

Allí pasé gran parte de los mejores años de mi infancia, y ya casi al final de ella, mi abuela enfermó, tuvo que mudarse con una de mi tías y aquella casa dejó de ser, se le hicieron muchas modificaciones para modernizarla y se alquiló. Como suele suceder, los tesoros de mi abuela se desperdigaron, algunos terminarían en la basura, pues hay tesoros que sólo lo son para su dueños, y otras tuvieron destinos varios, algunas aún se encuentran en casa de mi madre y mis tías.

Aquel portal en el que me sentaba a ver pasar la vida mientras imaginaba que sería yo de grande, ya no existe más que en mi cabeza y en mi corazón. Lamento tanto la pérdida de aquella casa como se lamenta la pérdida de un ser querido, con ese huequito en el alma que se sabe que jamás será cubierto por nada.

En un fecha tan lejana como 1824 recibe el General José Antonio Páez, El Centauro de los Llanos, de manos del mismísimo Simón Bolívar, la propiedad de “El Frío”, una hacienda de 20 leguas y un valor de 18,940 pesos de la época. Quien puede saber cuantas historias, cuantas conversaciones, cuanto dolor y dicha de nuestros grandes hombres de la historia presenciarían aquellas tierras y aquella casa. Supongo que Páez tomaba café, cerrero, como todo buen llanero, y quien sabe que pensamientos pasaban por su cabeza mientras tomaba su cerrerito viendo aquellas tierras.

Nos enseñaron en el colegio, en la historia oficial, sobre la brillante estrategia de Páez en la batalla de Las Queseras del Medio, 150 jinetes patriotas se enfrentan al ejército realista, numéricamente superior, el centauro instruye a sus hombres de fingir una retirada, los realistas persiguen a los cobardes, de pronto el grito del estratega “¡Vuelvan caras!”, y los 150 hombres giran sus caballos para enfrentar al enemigo. Cae la primera fila realista bajo las lanzas de los patriotas, y quedan así los realistas de Morillo atrapados entre los valientes patriotas y sus propias filas.  Cercenada así la capacidad de maniobra de las tropas realistas, conocen la derrota.

Otros historiadores dicen que en realidad los patriotas sí se asustaron al ver las tropas de Morillo, y salieron huyendo en estampida, y que sólo recobraron su templanza al escuchar el recordatorio del Centauro: “¡Vuelvan, carajo, peleen por su patria!”

¿Cual sería la historia real? ¡a saber! Pero es bien probable que esa casa, esas tierras, conocieran la historia, quizá alguna vez, pasados los años del episodio, la contara el mismísimo Páez a sus amigos entre risas mientras hacían alguna carne en vara pasando el rato con un licor.

Pero como la casa de mi abuela, aquello ya no existe, al igual que enfermó mi abuela y sus tesoros se esfumaron, así ha enfermado Venezuela, y sus tesoros son consumidos por la barbarie y la perversidad.

Un día, frente a todo el país se nos presentó “El Rey Felón”, ese que al igual que Fernando VII contó alguna vez con uno de los mayores apoyos populares, y del que igual que Fernando VII, no se ha conocido más que felonía, y allí en cámara, ordenó la expropiación… no, perdón, el robo de “El Frío”, unas tierras que atesoraban un pedazo de la historia de Venezuela, y que pasaron de ser tierras prósperas, con unas de las mejores producciones ganaderas del país, con una gran reserva natural, donde incluso se logró buena parte de la recuperación del caimán del Orinoco, en vías de extinción, y que hoy es tierra arrasada que sirve de coto de caza a los altos mandos militares y personalidades del partido.

La casa ya no es casa, es un conjunto de paredes sin techo donde una gran cruz cuelga como testigo de la desolación de unos jardines que alguna vez sintieron los paso de Páez y que hoy son un estacionamiento improvisado para funcionarios “rojos rojitos” que visitan la finca por placer o “trabajo”.

Lo que fue tierra productora de alimentos, es hoy un campo de caza y de entrenamiento, donde, como diría Guzmán Blanco, “la planta insolente del extranjero” cubano enseña a venezolanos a matar, para defender “la soberanía alimentaria”, sí ¡que paradoja! Esa misma que ellos han destruido y siguen destruyendo.

¿Que se debe sentir ante estas cosas? ¿miedo? ¿dolor? ¿indignación? ¡200 años de historia! Para que ahora unos cubanos, unos extranjeros, lleguen a mandarnos, a entrenarnos para matar, y para hacer más grande la humillación, si cabe, lo hacen en la misma tierra que recibió el Centauro de los Llanos como agradecimiento por los servicios prestados a la patria de las manos del mismísimo Simón Bolívar.

Quienes estudiamos la historia sabemos que ella está siempre dispuesta a la ironía, y que no son pocas las veces que son ironías amargas, esta es una de esas muestras de irónico humor de la historia, la misma tierra que estuvo ligada a nuestra libertad pasada, hoy es protagonista de nuevo en nuestra esclavitud presente.

La única “misión” realmente exitosa de este régimen se exhibe con toda su eficiencia en las tierras del Hato El Frío.

Esta vez también corremos, abandonamos la batalla con apatía, como dicen algunos que hicieron los patriotas, otra vez un rey felón quiere imponer su tiranía, pero esta vez, al menos de momento, no hay un Páez que le grite a nuestras consciencias que no se puede abandonar lo que es nuestro, por ahora no hay una voz que suene como un trueno en nuestras cabezas, almas y corazones y que nos diga ¡Vuelvan, carajo, peleen por su patria!