Opinión

¡Es mio!

Tengo un amigo, de hecho, más que amigo, es mi compadre, que en un día de esos donde uno se sienta a hablar pendejeras me comentó sobre sus problemas de relaciones interpersonales, el hecho de que todo el mundo abusaba de él. Me decía mi amigo algo más o menos así: “Cuando estaba en el colegio pensaba que era porque eramos pequeños, y que con el paso del tiempo eso pasaría, así llegué a bachillerato creyendo que el la universidad las cosas serían mejor, y estado en la universidad creí que el mundo laboral sería distinto. Al final, me di cuenta que el problema no eran los demás, el problema era yo”. Este amigo mio se fue de Venezuela, y a la sazón ya ha rodado por medio mundo, ha saber ha vivido en Portugal, España, Francia y hasta en países tan poco tradicionales en recepción de inmigrantes como Letonia, siempre buscando un sitio mejor y siempre sin conseguirlo.

Hoy me llega un amigo virtual a comentarme su parecer sobre irse o no del país, y me habla de su gran motivación: sus hijos. Él que ha criado a sus hijos en el camino de la rectitud, del ser correcto, de no hacer trampa, de respetar lo ajeno, ve con desconsuelo que su crianza no es funcional, que él le puede enseñar a sus hijos que lo correcto es hacer una cola y respetar el puesto de los demás, pero a sus hijos son presa del desconcierto cuando ven que ese actuar correcto, solo sirve para que “los vivos” coleteen el piso con sus derechos, que sea el vivo el que a punta de empujones compra primero en la cantina o el que se monta primero en el colchón inflable.

Este amigo virtual quizá se vaya, y hasta es posible que ya se haya ido, se encontrará entonces con que el problema le persigue, con que vaya donde vaya, siempre estará el vivo que a punta de empujones compre de primero en la cantina y se monte en el colchón inflable. Será siempre el mismo vivo, con otro acento, con otro color de piel, con otra ropa, pero será siempre el mismo vivo. Es que viene a ser como el angelito de la película de La Última Tentación de Cristo, cuando le dice a Jesús que “mujer solo hay una, solo que con distintos rostros”, pues igual, vivos solo hay uno, y pendejos, también.

¿He dicho acaso que ser recto y justo es ser pendejo? ¡ni de lejos! Eso no es ser pendejo, la pedenjez está en otro lado.

Cuando somos niños y empezamos a comunicarnos, las primeras palabras más comunes son: “mamá, papá, agua y mío”. Las tres primeras son de supervivencia, las última, es lo que nos definirá como individuos ante el colectivo.

Mio es una palabra sublime, al menos a mi así me suena, “mi, mio”, mi casa, mi cuerpo, mis ideas, mi trabajo, mi familia, mi país ¡es mío! ¿existe alguna otra expresión que denote tanta pasión como cuando decimos “es mío”?

Mal que bien todos los padres tratamos de darle a nuestro hijos lo mejor (hay desafortunadas excepciones), todos los padres mimamos y amamos a nuestros hijos, sin embargo, nuestros padres siempre nos parecerán lo mejor que hemos podido tener, los empresarios ganan montones de dinero fabricando gorras, camisetas, tarjetas y demás chucherías que dicen: “Eres el/la mejor papá/mamá del mundo” y allá vamos nosotros, a veces de niños y a veces ya cuarentones, a comprar aquello que resume tan bien nuestro sentir, realmente, mis padres, son los mejores padres del mundo, por una razón muy simple… ¡son mios!

Eso aplica a casi todo, mis hijas son inteligentísimas, claro, casi genios, no hay padre que no vea como signo inequívoco de inteligencia deslumbrante el que su retoño, de sólo 2 años, haga algo tan glorioso como no mearse encima, y ni hablar de los razonamientos argumentados que nos pueden dar los niños. En realidad, salvo casos muy esporádicos, nuestros hijos son corrientes y molientes, salvo por un detalle ¡que son nuestros! Sólo por esa razón, nuestros hijos siempre serán mejores que los del vecino.

Y es ahí, cuando empezamos a saborear el placer del “mio”, cuando nuestros padres empiezan a dizque civilizarnos, y les da por decirnos que “tenemos que aprender a compartir”, la respuesta que al menos a mi nunca me dieron es por que hay que aprender a compartir, al menos no me respondieron más allá del simple “ser egoísta es malo” y nuevamente, ¿por qué ser egoísta es malo? Esto… bueno… es que… la verdad es… mira es que…

¡Nada! No hay repuesta de por que ser egoísta es malo, sólo que la sociedad dice que es malo, pero nada más, no hay argumento, ni lógica, ni nada.

Y no lo hay por una simple razón, ser egoísta no es malo, es la consecuencia natural del amor que sentimos por lo que es nuestro, y siendo que es nuestro no hay ni un sólo argumento moral que pueda obligarnos a compartirlo, lo único que nos puede llevar a compartir lo nuestro, somos nosotros mismos, ese sentimiento, también nuestro, que nos lleva a darles a otros una parte de lo que disfrutamos, y lo hacemos también por el más puro egoísmo, porque hacerlo nos hace felices y nada más.

Así elegimos un día una pareja, y decimos pasar con esa persona el resto de nuestra vida, le cuidamos, le mimamos, le arropamos con nuestro amor ¿lo hacemos acaso por el bien de esa persona? ¡ni por el carajo! Lo hacemos porque el bienestar de esa persona nos hace felices. Sacrificamos dinero, tiempo y hasta gustos por nuestros hijos, decimos que es nuestro deber, pero en el fondo, el motor de todo esto es que al amarlos, el verlos bien, el verlos felices, nos produce felicidad.

En el universo existe sólo una motivación moral que puede justificar el sacrificio de un ser humano, y es cuando se sacrifica por sí mismo, eso es lo que nos hace distintos al resto de los animales, el poder alzarnos sobre cualquier dificultad por amor a nosotros mismos, por nuestra felicidad, por nuestros objetivos ¡por nosotros!

Entonces llega un niño, que ha sido educado en el respeto y la rectitud, que ocupa un puesto en la cola de la cantina, y llega el “vivo”, a darle un empujón y quitarle su puesto ¿que debe hacer el niño? ¿mirar con ojos asombrados como ser recto y respetuoso no sirve de nada?

La verdad es que no, ese niño debe ir a la defensa de lo que es suyo, y darle al vivo de marras un sólo carajazo, como dicen los chamos hoy “pa’ que aprenda a ser serio”, y debe hacerlo porque ese niño tiene que entender que igual que él respeta lo de otros, deben respetar lo suyo, que el respeto por la propiedad no es sólo no tocar lo ajeno, sino no permitir que nadie toque lo que le es propio.

Lo “mio” y lo “tuyo” merecen igual respeto, y eso es justicia, eso es rectitud. Igual que siento el más profundo respeto por lo tuyo, siendo el más profundo respeto por lo mio, y en nombre de ese respeto tengo el derecho y el deber, de defenderlo con pasión, y he de defenderlo con la fuerza que tú uses para arrebatármelo.

En el tema de la defensa de la propiedad, las personas hemos de comportarnos como burros, animalitos injustamente desprestigiados, por cierto, un burro no camina a punta de espuelas, sino de zanahorias. Si quieres algo que es mio, debes entender que sólo hay en el mundo una persona que te lo puede dar, y esa persona soy yo, entonces dame una motivación, dame algo que me convenza que sería bueno dártelo, pero a carajazos no, porque no te lo doy, y no te lo doy porque no-me-da-la-gana ¡punto pelota!

Pero es necesario, para que ese niño pueda entender lo que pasa, que sus padres comprendan que la viveza no se inventó al norte del sur de América un 19 de Abril de 1810, se inventó mucho antes, el día que un señor cavernícola fue despojado de su cueva, del producto de su caza y recolección, por otro señor cavernícola, que decidió que era más fácil tomar lo de otro que trabajarlo. Así el primero aprendió que trabajar y esforzarse no servía de nada, el segundo aprendió que podía tomar el esfuerzo de otros sin consecuencias, y entre los dos, parieron la viveza y la pendejez.

Sí, puede que alguien, porque es más fuerte, o tiene más poder, pueda arrebatarme lo que es mio, pero mi deber, es hacerle saber que gratis no le va a salir, porque aunque sea una nariz rota le cuesta.

Respetar lo ajeno, es cosa buena, sin duda, es el pilar fundamental de la paz de la sociedad, pero cuando no ponemos el mismo ahínco en el respeto por lo que es nuestro, damos paso a la impunidad, y de de ella nace la injusticia, la perversión, y con el tiempo, la guerra.