Opinión

Es mi casa

Como casi todo el mundo he tenido que hacer viajes a lo largo de mi vida, unas veces por placer, otras por negocio. Cuando se viaja se queda uno en casa de algún amigo o familiar, o en un hotel. A veces el hotel es modesto, o informal, sobre todo cuando vamos en esas vacaciones familiares a la playa o algo así, otras veces son hoteles de mucho lujo y comodidad.

Estos último son realmente la tapa del frasco, sobre todo si se es mujer, eso de acostarse en una cama de sábanas limpias y tendidas sin haber tenido que pasar por el trabajo de hacerlas, comer y no molestarse ni el levantar en plato, mucho menos lavarlo, y poder dedicarse a lo que uno quiere hacer sin preocuparse de esa cosas cotidianas, es muy agradable… por un tiempo.

Creo que todos conocemos esa sensación de llegar de viaje, sin importar lo bien que nos haya ido, quitarse los zapatos y sentir que del fondo del corazón nace una frase: “¡Al fin en casa!” ¿que curioso verdad? Esa sensación de gratitud por estar en casa, aún cuando estar en casa significa a veces más trabajo.

Incluso, alguna vez, después de casado, por alguna razón se tiene uno que quedar en la casa paterna, esa donde creció, y aún durmiendo en la misma cama, en la misma habitación, y siendo que mayor confianza que lo que hay con los padres no puede haber, uno siente que algo no es del todo cómodo, porque por mucho que quiera uno a sus padres, aquella ya no su casa.

Y la expresión es frecuente, al menos yo la he escuchado mucho, “es que no hay como la casa de uno”, y claro, la infaltable “es que el casado, casa quiere”. Sabiduría popular que llaman.

No son pocas las veces que me preguntan porque no me voy del país, y la verdad, no tengo argumentos racionales, por eso usualmente me limito al silencio, tienen razón ¿por qué no me voy? Pues porque en algunos aspectos manda el corazón y no la razón, no me voy porque esta es mi casa.

No les voy a mentir, me cuesta expresar esto, porque se me hace un nudo en la garganta, y las palabras me faltan, expresar lo que se piensa es mucho más fácil que expresar lo que se siente, y yo por Venezuela, siento.

Lo que yo soy, lo que me formó, mis recuerdos infantiles, mis risas, mis llantos, mis tropiezos, mis triunfos, en resumen, mi vida, están en Venezuela, para lo bueno y para lo malo. ¿Irme? Sí, claro, puedo, y quizá no solo puedo, sino que debo, es, como mucho me lo han dicho, una forma de mejorar mi calidad de vida.

Pero irme significaría para mi, arrancarme la mitad del alma, dar el portazo a un legado, a un vida, a un sentir, y no puedo evitar preguntarme ¿arrancarse el alma es mejorar la calidad de vida? ¿Arrancarme el amor que siento es calidad de vida? Debo entonces concluir que para vivir con calidad, hay que amputar la mitad de la vida ¿y eso es realmente vida?

Sí, ya sé, muchos me dicen “pues yo me fui y no lo lamento ni un poco, ahora vivo mucho mejor y ni pienso en volver” ¡mentiras! Sé que es mentira porque me hablan de Venezuela, viven pendientes de la noticias, a veces incluso para hablar mal de ella, y opinan, y proponen, y hacen, pero sobre todo, piensan, piensan en Venezuela.

Decir que no les importa es absurdo, totalmente absurdo, porque es como… bueno, es como el hombre que deja a una mujer y todo el día habla de ella, de sus defectos, de lo mala mujer que es, de como su vida ha mejorado desde que no está con ella, que ya ni la piensa ni la quiere, y uno no pude dejar de preguntarse ¿y si no la quieres porque vives hablando de ella?

Lo que pasa con los venezolanos es que nos sienta muy mal el “transplante”, son muy pocos los que realmente se marchan y no vuelven la vista atrás, pero la mayoría, dejan en esta tierra un pedacito del alma, incluso aquellos que no habiendo nacido aquí, pasan algunos años y regresan a su sitio de origen, y sin ser paridos por esta tierra, le dejan una parte de la vida.

Yo no sé que tiene esta tierra que es ladrona de almas, el que aquí viene y se queda un tiempito, deja “algo” que a veces ni sabe que es. Y eso que es tierra ingrata, porque maltrata, porque es un amor sufrido y doloroso.

No me puedo ir, debería, lo sé, pero no puedo, soy cobarde, muchos creen que los que se van son los cobardes, eso es mentira, los que nos quedamos somos los cobardes, irse requiere de un cerro de voluntad, irse es cerrar los ojos al dolor y arrancarse un pedazo sin pensarlo mucho.

Y bueno, sí, mi casa ahora está invadida por una horda de bárbaros, en parte es mi culpa, es culpa de todos, vimos un termita aquí, otra allá, y no le paramos pelota por cómodos, total ¿que es una termita?, luego se rompió una ventana, pero ¡ah! ¿que es una ventana? Luego una filtración, que era apenas una mancha minúscula en la pared, una baldosa rota que no ameritaba el trabajo de romper el piso para arreglarla, contratamos una doméstica que se robó una silla, pero solo era una silla, quedaban más sillas, así que no importó tanto, y así, poco a poco, casi imperceptiblemente, la casa se convirtió en ruinas, y como pasa siempre, la ruina atrae a los malvivientes que se aprovechan para terminar de desvalijar lo que no es de ellos.

Puedo irme, sí, a vivir en una casa prestada, que no es mía, que por mucho que lo intente jamás será completamente mía. O puedo quedarme, enfrentar a los malvivientes, intentar e intentar una y otra, y otra vez, para hacerle entender a mis hermanos que esta es nuestra casa, que tenemos derechos sobre ella, que es la casa que construyeron nuestros padres, que tenemos derecho a ella, no podemos dejar que unos salvajes nos pongan de patitas en la calle.

Sacar a los malvivientes, será duro, reparar la casa después de tantos años de abandono, lo será más aún, pero el placer de poder llegar, quitarse los zapatos y pensar “estoy en casa”, creo que merece eso y más. Lo siento, pero es que yo no puedo resignarme a ser una damnificada.