Opinión

¡No me pises!

Escribí justo hace unos días sobre un libro que ha tocado, de una forma u otra, la vida de todo venezolano, una obra inmortal que ha sido y es la coronación de la vida política, más que literaria, de Don Rómulo Gallegos, venezolano grande donde los haya, Doña Bárbara, la devoradora de hombres.

Describe Don Rómulo, en su obra, la lucha eterna de Venezuela, la del bien contra el mal, la inocencia y la cultura, enfrentada a la maldad en su estado más puro: la barbarie.

Para los que tengan ya Doña Bárbara demasiado lejana en el tiempo, les puedo decir que la protagonista, la guaricha malvada, era una mujer cuya maldad provenía de su propio resentimiento, violada en su infancia aprendió a odiar no solo a todos los hombres, sino a la humanidad, y en su afán de destrucción acumuló riquezas, pero solo eso, las acumuló, jamás las creó, ella solo robaba lo que otros tenían, lo que otros habían logrado con esfuerzo, y se adueñaba de ello.

Pero el punto es que Doña Bárbara nunca fue derrotada, jamás fue vencida, al contrario, pudo haber matado a Marisela, y adueñarse de Altamira, pero el autor le tocó el corazón en ese momento, y decidió irse, ella misma se dio por vencida. Esto es bien importante, ella se fue, nadie la derrotó.

Digo esto porque parece que algunos olvidamos a veces, porque somos personas de bien, que en estos momentos Venezuela está bajo el dominio de la barbarie, nunca como ahora, Venezuela había merecido tanto el nombre de la hacienda de Doña Bárbara “El Miedo”, eso es hoy Venezuela, “El Miedo”.

Miedo a muchas cosas, tenemos miedo a perder lo que hemos trabajado muchos años, miedo a ser puestos en la mira de la barbarie, miedo a perder nuestros medios de vida, miedo a ser heridos, incluso, tenemos miedo a perder la vida. El derecho más sagrado que tiene ser humano alguno, el derecho a la propiedad, ha dejado a de ser un derecho para pasar a ser una concesión.

Y cuando hablo del derecho de propiedad, no me refiero a esa casa, ese negocio o ese dinero, me refiero al soberano derecho que tenemos todos de ser dueños de nuestra vida, a estar vivos, a producir, a crear, a hablar, a expresarnos, porque somos dueños de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestra alma y de absolutamente todo aquello que podamos crear y producir con eso. Y es que en la Venezuela de hoy, hasta los latidos de nuestro corazón, están sujetos a la buena voluntad del tirano.

Así tenemos a un funcionario público, pagado con nuestro dinero, diciendo que aquellos que mueren en enfrentamientos con la policía no deben ser contabilizados como víctimas, comentario ya de por sí cuestionable, pero al mismo tiempo, el mismísimo ministro del relaciones interiores, nos dice que el 20% de los delitos y crímenes cometidos en Venezuela, son cometidos por policías.

A mi lo que me están diciendo con eso es que si a mi me mata un policía corrupto, mi familia no tiene derecho siquiera a denunciar, y que mi muerte no entra ni de rebote en las estadísticas, yo no cuento, mi vida no vale un centavo, es más, es que capaz que a mi familia le cobrarán la bala que me siegue la vida.

Ya no hablamos de mi casa, ni mi negocio, ni mi dinero, es que mi vida, mi propia vida, no vale nada, mi vida ya no es un derecho, es una concesión que el estado me concede, y cuando le de la gana, sin explicación ni razón alguna, me la revoca.

La barbarie no conoce de leyes, no conoce de moral, no conoce de frenos éticos, la barbarie es fuego que arrasa en llanura seca. Así de simple. Y la barbarie no se detiene ante nada ni nadie, a menos que, consiga algo que se le oponga con mayor fuerza.

Por supuesto, que me pueden decir que lo que digo es un horror, que uno no se puede convertir en bárbaro, que eso es rebajarse al mismo nivel de lo que se critica, que es mejor evitar… ¡pues no!

¡No señor! Defenderse, no es bárbaro, defender la propia vida no es delito, si vienen a matarme yo tengo derecho a defenderme, y eso no es delito ni es malo en ninguna parte del mundo civilizado, eso solo puede ilegal en un sitio donde reine la barbarie, y aún así, por muy ilegal que sea, jamás será ilegítimo.

Se acercan las elecciones, señores, por enésima vez, iremos a las urnas, la barbarie cuenta con que, como siempre, acudamos mansos a votar, a colaborar con su trampa, iremos, votaremos, y nos regresaremos a casita, mansos y con la cabeza baja, pero con el corazón en llamas de esperanza pensando que “esta vez sí”, lo haremos así para “evitar vainas, tu sabes, hay que cuidarse, además, no nos podemos rebajar”.

¡Pues no! Me importa un carajo si piensan que es violento, o que es buscar vainas, lo que es mi, no me joden otra vez, yo he decido, por primera vez en mucho tiempo, acudir y depositar un voto por solidaridad, yo he decidido votar por la Jueza Afiuni, voy a ir, no como otras veces solo a vigilar, esta vez voy a votar, y ahí me quedo, a vigilar que mi opinión, que mi expresión, que ese sentimiento que representaré en esa papeleta, se quede tal y como yo la hice, como yo la expresé, es mi derecho, es mi mandato ¡y se cumple! ¡punto!

Si vienen a sacarme gritaré, pelearé, denunciaré, llamaré a quien sea, pero yo tengo derecho a estar allí, yo tengo derecho a vigilar mi voto, nadie, absolutamente nadie en este mundo tiene el derecho legítimo a impedírmelo. Y si es porque va a armar un vainero ¡pues que se arme! El que no quiera que se arme el vainero, pues que no atente contra mi derecho legítimo. Porque lo cierto es que ¡YO existo! ¡Yo tengo derecho a expresarme! ¡yo tengo derecho a ser lo que quiero ser! No estoy obligando a nadie a nada, no estoy invadiendo el derecho de nadie, pero lo mio, se respeta.

A mi no va a venir un soldadito glorificado en cargo, a decirme que mi vida no vale nada, que a mi pueden matar y no cuento ni en la estadística, ¡no valdrá la de él! Ese es su problema, no el mio, pero mi vida vale, que no me joda.

Esto no es un llamado a la violencia, no estoy dispuesta a morder a nadie si no me pisa ¡pero si me pisas te muerdo! A mi Doña Bárbara, no me devora, al menos no sin defenderme, porque defenderse, no es delito.