Opinión

Que no nos trague el tremendal

¡Uf!, primera vez que escribo algo de este tenor, y a ver si me sale bien, porque yo en esto de los agradecimientos de solidaridad soy una torta, me suben los colores y me pongo gaga, y es que no se me ocurre nada más que “gracias”, pero entonces “gracias” me parece así como muy simple, y empiezan a desfilarme frases, unas que suenan muy babosas, otras muy destempladas, otras… ¡en fin!

Pues eso, que gracias a todos, de verdad, no me imaginé que tantas personas iba a solidarizarse conmigo, agradezco muchísimo las expresiones de aprecio y solidaridad.

Y a lo mejor no les gusta lo que voy a decir a continuación, pero me es obligado para sentirme bien conmigo misma. Lo que hice no estuvo bien, así, simple, llano y sencillo, eso no se debe hacer, que tuve razones para hacerlo, sí, que si se diera el caso lo volvería a hacer, sin duda alguna. Lo hice en legítima defensa, pero eso no quiere decir en lo absoluto que esté bien.

Matar, por ejemplo, es malo, que algunas personas se ven en la necesidad de hacerlo para defenderse, es cierto, pero esto no le quita lo malo, le da atenuantes, pero en ningún caso lo convierte en bueno. La moral no se puede relativizar, las cosas no son buenas o malas dependiendo de quien lo hace o bajo que circunstancias lo hace, sino que son buenas o malas por sí mismas.

Todos, a veces, hacemos cosas que sabemos malas, pero aún así las hacemos, unas veces las hacemos con poderosas razones, otras veces sin ellas, simplemente porque nos da la gana, unas veces nos arrepentimos de haberlas hecho, otras pensamos que lo volveríamos a hacer sin mucho trámite. Pero en todo caso, esos son accesorios que no cambian el hecho de que estuvo mal.

Es imprescindible que nunca, jamás perdamos esto de vista, para no convertirnos es seres amorales, que es distinto que inmorales, y definitivamente mucho peor, porque si nos convertimos en inmorales, eso quiere decir que hemos perdido el norte por completo y… nunca soplan buenos vientos para el barco que no sabe a donde va.

Sin embargo, hay momentos en que… bueno, hay males necesarios.

Creo que de todas las novelas que he leído en mi vida (que no son pocas), que me han marcado profundamente, puedo mencionar tres, “El Guardaespaldas” de A. J. Quinnell, “El Padrino” de Mario Puzzo, y Doña Bárbara, que espero que no haga falta que diga que es de Rómulo Gallegos. De los tres me impresionó la dimensión humana y moral de los personajes, aunque asombre, ya sé, que les dará risa lo El Padrino, pero es un personaje muy interesante.

Bueno, pero en este caso, hablo de Doña Bárbara, que da para mucho.

Doña Bárbara es una mujer mala, definitivamente, forjada en su maldad por su propio pasado, y se cree seca de sentimientos hasta que en su vida aparece el amor, y por ahí se va.

Pero en un momento Doña Bárbara, para conseguir ese amor que tanto desea, prueba con todo lo malo que conoce, hechizos, mentiras y hasta extorsión, pero no le resulta, es cuando decide que quizá tiene que tomar el camino del bien, y entonces “entrega sus obras”, es decir, trata de deshacer todo lo malo que ha hecho, a ver si puede conquistar el amor de Luzardo.

Cuando se entera que esto de nada ha servido, porque Luzardo sigue enamorado de Marisela, se enfurece y toma la decisión de “recoger sus obras”. Es Doña Bárbara incapaz de comprender que toda su maldad no puede ser sencillamente olvidada, que ha herido demasiado, y ayudado muy poco o nada, y que solo “entregar sus obras”, no sirve de nada.

Es cuando se va hasta Altamira con la firme intención de matar a Marisela, pero viéndola embelesada con Luzardo, se recuerda a sí misma, cuando la maldad no había tocado su corazón, y aún con el rifle apuntando al corazón de Marisela, decide darse por vencida, y pronuncia las única palabras de ternura y bien que pronunciará en toda la novela: “es tuyo, Dios te lo bendiga”.

En dos platos, la barbarie, que es lo que representa Doña Bárbara, no es derrotada nunca, se retira invicta, porque le da la soberana y real gana. Simple y sencillo.

La Barbarie no conoce reglas, es amoral, no respeta ninguna regla moral, ni ética, ni para ella hay leyes, el mundo es una sabana donde ella puede adueñarse y destruir lo que sea, porque para ella no hay límite ni contención. Para destruirla, entonces de nada sirven las reglas, a las que no se apega ni respeta, es necesario entonces una barbarie aún más grande, es necesario renuncia a las reglas, a las leyes, a todo, para poder destruirla.

¿Y para que se quiere destruir la barbarie si no es para construir la civilización? ¿Es que hay acaso otro motivo que ese que se pueda llamar noble para destruir la barbarie? No lo hay, ese y no otro es el objetivo, hacer reinar el respeto por todo y todos, y el respeto no es otra cosa que la aceptación de la existencia de otras personas, otras ideas, otros bienes, que tienen el legítimo derecho a existir siempre y cuando respeten el mismo derecho en nosotros.

Si perdiéramos esa noción del bien y el mal, si en un acto de autoindulgencia nos convenciéramos a nosotros mismos de que actuar bárbaramente es “bueno”, entonces hemos perdido la batalla, la barbarie nos ha tragado como se tragó a tantos el tremendal de Doña Bárbara. Si llegáramos allí, sería la demostración más patente de que la barbarie, más allá de las personas que la encarnan, ha triunfado sobre nosotros.

Que hice lo que hice y que estuvo mal, no tiene absolutamente ninguna discusión, que tuve razones para hacerlo, pues a mis ojos sí, y parece ser que a los ojos de muchas personas, también. Que bajo las mismas circunstancias lo volvería a hacer, tampoco lo puedo negar, eso sería muy feo, aunque no tan feo como decir que me arrepiento, porque no me arrepiento ni un poquito.

Si mi castigo debe ser duro, mediano, si merezco indulgencia por los atenuantes, eso ya queda en manos de “las autoridades competentes”, que para mi pesar han demostrado tener mucho de autoridad y muy poco de competentes. Cuando hice lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de qué estaba haciendo y cuales serían sus consecuencia, mal puedo ahora pedir clemencia por las consecuencias de una acción que tomé asumiendo conscientemente sus derivaciones.

Y ya no me queda más que, de nuevo, agradecerles profundamente sus muestras de solidaridad, y más allá de eso, el haberme renovado en la fe de que no todo está perdido, que el camino puede ser largo y culebrero, como diría mi padre, pero que hay “material” para salir de esto, y que “maunque” la barbarie haga mucha bulla, en realidad, somos mayoría.