Opinión

Una mano invisible muy humana

Leí por ahí a alguien hablando de la “mano invisible del mercado” y la atribuía a poderes “sobrenaturales”, no entré al trapo en la discusión, porque el rojo, tiñe. Es decir, ellos se ponen a hablar de rojerías sobre la economía, y uno termina rojo de la arrechera. El rojo ¡tiñe!

Pero no dejó de darme risa el asunto de asumir que la mano invisible es una cosa de origen etéreo, cuando la verdad es que no hay nada más humano que eso.

Veamos un mercado, que se yo, el mercado de la leche, por decir algo, y vamos a circunscribirlo a algo tan manejable como un hogar de 5 personas, papá, mamá y tres hijos.

Los hijos toman cada uno un vaso de leche al día, mamá no toma leche, pero le echa a su café y también gasta la leche en dulces y cocina en general, aparte de la leche que le añade a la comida de los pericos. Por su parte, papá no toma leche en lo absoluto. Un litro de leche al día debe bastar para esta familia.

Pero digamos que un día papá amanece con gastritis porque tiene una secretaria que es un inepta pero no la puede botar porque es su amante, y la leche le calma el malestar y a una de las hijas, adolescente, su mejor amiga le recomienda una dieta maravillosa basada en leche, por lo que tiene que tomar ya no uno, sino tres vasos por día. Entonces a esa familia ya no le bastará un litro, sino que necesita dos, y en consecuencia, la madre, encargada de las compras, tendrá que comprar en la tienda dos litros, en vez de uno, el comerciante, por su parte, habrá vendido un litro que antes no vendía, cosa que hay que tomar en cuenta a la hora de reponer existencias, esto afectará al distribuidor de la pasteurizadora, que recibe un pedido mayor, y así seguimos la línea hasta llegar al productor, que teniendo más requerimientos de sus clientes, tiene que aumentar la producción.

Tenemos entonces a un señor ganadero, que tiene que comprar una vaca que hasta hace poco no pensaba comprar, por culpa de un señor muy braguetero y una adolescente acomplejada con una obesidad que no tiene, seres que sea dicho de paso, no conoce ni sabe de su existencia, el sólo sabe que ahora le piden más leche y actúa en consecuencia, no más.

Pero mientras el señor ganadero soluciona su problema de la vaca faltante, en la casa de la familia la hija y el papá se pelean por la leche, la señora entonces decide tomar el café negro, y busca desesperadamente el litro de leche que le falta. La situación tensa entre su esposo e hija la tiene de los nervios, y así se lo transmite al tendero ¡véndeme ese litro que tiene ahí! Le dice ella, a lo que el le contesta, “ay, es que no puedo, porque ese litro es el Doña Eulalia, que siempre compra un litro de leche cuando llega de visitar a su nieto”. La señora, que aunque le tiene mucho aprecio a su vecina Eulalia le tiene más aprecio a su salud mental, le dice al tendero: “mira, chico, yo te pago el doble de lo que te paga Eulalia, pero véndeme esa leche, que yo te pago más, porque si no, a mi me van a volver loca en la casa” y el tendero, que aunque es muy buena gente y aprecia mucho a Doña Eulalia, piensa que más que a Doña Eulalia se quiere más él, y que ese dinerito le viene muy bien para tomarse un cafecito del que usualmente se priva (y aquí viene otra historia con el que vende el café, que ahora vende uno que antes no vendía) ¡Se jodió Doña Eulalia!

Pero llega el momento en que el ganadero soluciona su problema, logra cubrir la demanda en aumento, y hay leche para la desconsolada madre y para Doña Eulalia, cosa que al tendero le parece muy bien, porque ahora, aunque más barato, vende más, mejorando su flujo de caja y quedándole dinero para su café. Indudablemente, el hombre, ha prosperado.

Pero pasado el tiempo la secretaria zorra conoce en una fiesta a la que la invitó una prima, a un señor gringo que se enamora perdidamente de ella y le ofrece matrimonio e irse a vivir a los “niuyores”, la chica que es medio puta, pero no tonta, le dice que sí, y le pone la renuncia al jefe braguetero, que por cierto, no lo lamenta mucho. Por otro lado, a uno de los hijos de la familia le aparece una intolerancia a la lactosa, por lo que sustituye la leche por soya (y aquí otra historia con la soya) y la familia vuelve de nuevo a consumir solo un litro.

El tendero, que ve que ahora vende menos leche y que se va vencer en la nevera, opta por hacer una oferta y baja lo precios, y Doña Eulalia, viendo el nuevo precio, ve una oportunidad para hacer dulces de leche para vender.

Ahora quiero que lleven esta historia no a una familia, sino al vecindario completo, donde ya no es una familia, sino cientos, luego a la ciudad, donde son cientos de miles, al país, que son millones de familias, al mundo…

El mercado se mueve por variables, y las variables son tantas como personas intervengan en él, y es por esa razón que aún sabiendo como funciona el mercado es absolutamente imposible planificarlo, porque depende de tantas y tantas decisiones, deseos y circunstancias, de tanta y tantas personas, que es sencillamente imposible conocerlas todas. Eso sin contar con que hay factores que son sencillamente impredecibles, ¿lloverá? ¿no lloverá? De eso depende que se vendan o no los paraguas ¿como predecir que un día una niña muy linda decida salir a la calle con una boina francesa porque le cortaron mal el pelo y otra niña que la ve se enamore de como se ve esta y se pongan de moda las boinas francesas?

No, señores socialistas, la mano invisible del mercado no es sobrenatural, es muy, pero muy humana, aunque ciertamente no se equivocó Smith al darle nombre, es tan poderosa, tan impredecible su acción, tan indomable, que no se puede dudar que tiene su similitud con la mismísima mano de Dios.

No importa cuantos controles le impongan, ni cuantas leyes se hagan para regularla, ella se moverá, si no es por encima del agua, será por debajo de ella, pero de que lo hace, lo hace y no hay forma de impedirlo.

Y sin embargo, esa mano, es humana, quizá la más humana de cuantas hay.