Opinión

Gracias mami, gracias papi

Tendría yo unos 10 años cuando mi madre me dio una lección de vida. Al llegar del colegio, todos los días, le quitaba los cordones a los zapatos, ojo, no es que los desamarraba, es que los quitaba por completo, y por supuesto, se perdían, con lo cual las mañanas eran un desastre buscando los fulanos cordones. Si mi madre compraba una docena, una docena perdía. Hasta que un día se hartó y para amarrar mis zapatos tomó lo primero que estaba a mano, y lo que estaba mano, eran unos trozos de cable verde, pero ojo, que no era un verde discreto, no, era verde no-me-atropelles.

No recuerdo nada más, ni si al final fui al colegio, o no fui, si se burlaron o no de mi, solo recuerdo aquellos zapatos negros, impecables de limpios, atados con unos muy llamativos cables verdes. Y recuerdo también lo que sentí, me sentí muy, pero muy culpable por haberme puesto a mi misma en semejante predicamento. No se me pasó por la cabeza pensar que la culpa era de mi madre, para mi, aún con 10 años, la cosa estaba clara, eso me había pasado por cabeza ‘e ñema.

Esa fue una de las tantas cosas que formaron mi carácter, lo que hoy soy, y claro, mi madre bien pudo tomar la previsión de comprar un par de cordones para cada día de la semana, con lo cual hubiese tenido yo cordones nuevos cada día, así jamás hubiera tenido que ponerme aquellos cables-cordones verdes… y jamás hubiese aprendido que todos y cada uno de los actos que ejecutamos a diario, tienen una consecuencia, buena o mala. Creo que mi madre me habría demostrado muy poco amor comprando tantos cordones como yo botara.

Alguna vez llegaba a casa pidiendo permiso para algo, algo que yo misma creía que no era correcto, y no habiendo justificación, la que usaba era “pero es que mis amigas lo hacen y sus madres las dejan” a lo que mi madre inpepinablemente contestaba: “claro, y si tus amigas se tiran por un barranco, tú también te tiras”. Y ahí se acababa la discusión, muy a mi pesar, porque ¿qué se puede decir ante tan sólida argumentación?

Dos lecciones de vida, que soy un individuo, que no tengo que ver con nadie, que yo soy yo y mi circunstancia, y que solo por eso ya soy un ser único en el mundo, que tiene que andar por el mundo con sus propias reglas, si yo creo que algo es correcto, debo hacerlo, no es una excusa que nadie lo haga, si los demás no lo hacen, ese es su problema, no mio, y también que si algo me parece mal, pues debe estar mal, no importa si los demás lo hacen.

La otra lección está clara, como individuo eres responsable de ti mismo, cada cosa que haces tiene consecuencias, buenas, o malas, pero las tiene, y no puedes culpar a nadie ni obligar a nadie a ayudarte. Si alguien te ayuda, entiende que lo hace porque quiere, no es su deber, no es su obligación, es un acto de amor, y punto, da lo mismo si es un vecino, son tus padres o es el gobierno, NO es su obligación, porque la única persona que tiene la obligación de cuidar de ti, eres tú mismo.

Así fui creciendo, tuve amigos, unos muy buenos, otros no tan buenos, en la adolescencia todos bebían, menos yo. Jamás sentí eso que llaman “presión social”, yo no bebía y punto, mis amigos lo sabían y lo respetaba, igual que yo les respetaba su derecho a ponerse como una cuba si les deba la gana. Creo que en el fondo era eso, respeto mutuo, respetábamos lo que cada quien quisiera, y si un amigo no te respeta, obviamente, no es tu amigo. El no beber no me hizo sentirme distinta, yo bailaba, jodía y echaba vaina, como todos, y de hecho, alguna vez comenté que definitivamente disfrutaba más tiempo de la farra, porque para mi la fiesta terminaba cuando me cansaba, no cuando me atacaba un ansia incontenible por abrazar la poceta.

Si me compraban algo, a mi me quedaba muy claro que era porque querían hacerlo, no porque fuera obligación, a menos que fueran básicas, claro, ropa, zapatos y útiles y cosas por el estilo, lo demás eran accesorios que me compraban en un acto de amor. No les voy a caer a muela, no es que yo pensara que ellos se sacrificaban y patatín y patatán, no, pero si sabía que era algo voluntario, no era su deber, igual que sabía que si lo perdía o rompía, me-jo-día, porque no era que iban a salir corriendo a comprarme uno igual.

No sé como se ve desde fuera, obviamente, pero mis padres no eran particularmente estrictos, guardo los recuerdos de mi infancia con mucho amor, realmente creo que tuve una infancia muy pero muy feliz, pedirle más a Dios, realmente es un abuso, como niña, fui amada por muchas personas, especialmente mis padres, de los que siempre percibí que me querían, y jamás creí que los castigos o privaciones las hicieran por mal, realmente ni se me ocurría, me castigaban era porque yo así lo había buscado, una simple consecuencia.

Me chupé el dedo hasta la “tierna” edad de 5 años, a pesar de los esfuerzos de mis padres de quitarme el “vicio”, probaron de todo, los pobres, desde un barniz amargo que vendían en la farmacia hasta darme charlas sobre la formación dental o que si yo quería parecerme a Bugs Bunny, el asunto es que dejé de hacerlo cuando quise hacerlo, y siendo que me lo chupaba dormida ideé la estrategia de dormir con calcetines en las manos y hasta ahí. A un adulto le podía parecer absurdo, pero ellos me dejaron hacer, y funcionó.

Mi madre me daba correazos de vez en cuando, lo sé como sé que algún día estuve en su barriga, no porque lo recuerde como un trauma o algo así. En realidad recuerdo dos correazos, uno fue en la nalga, y yo, en un desarrollo de arte dramático digno de un premio, me tiré en la cama gritando desgarradoramente, agarrándome lo primero que se me ocurrió, que fue un lado de la cintura, lo recuerdo porque mi madre se echó la cagada de su vida, pensando que quizá no me había dado tan suave como ella pensaba y me había hecho un daño importante. El otro que recuerdo fue cuando huyendo de ella y su correa me corrí y me escondí tras una puerta, y claro, cuando me alcanzó y fue mi primer “¡ay, coño!”. En realidad ese no fue un correazo, que no lo llegó a dar porque mi primera mala palabra me salvó, la pobre quedó completamente desconcertada.

Mis padres nunca fueron mis amigos, gracias a Dios, porque me hubieran dejado huérfana, ellos son mis padres, está allí, siempre, para apoyarme cuando lo necesito, son… parte de mi vida y los serán siempre, me han enseñado cuando pudieron, que fue mucho, pero sobre todo que yo soy yo, y que nadie más que yo se tiene que hacer responsable de mí. Y creo que… yo también les habré enseñado algo, digo yo.

En fin, que salió lo que salió, creo que lo he dicho, no he tenido una vida como para escribir un libro, aunque sí muchas anécdotas, la más tiernas o cómicas, otras tristes, otras curiosas. No tuve en la adolescencia eso que llaman “problemas de conducta”, crecí, tuve novios, conocí al que es hoy mi esposo, me casé, tuve dos hijas, y aquí voy, una vida normalita y que en conjunto es feliz y tranquila.

Bueno, lamento haberlos entretenido tanto, La moraleja de esto, queda al ojo de lector, quien la quiera ver, bien, quien no, pues bien también. En realidad estoy honrando una deuda pendiente hace mucho tiempo… gracias mami, gracias papi, los amo mucho, Dios no pudo elegir nada mejor que ustedes para mi.